Автор: El equipo editorial de Findmykids

  • Cuándo y cómo hablar con una niña sobre la menstruación

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    La menstruación es una etapa natural del crecimiento. Pero si una hija, hermana, sobrina o nieta no sabe nada al respecto, este momento puede resultarle aterrador y generar mucha ansiedad.
    Una conversación temprana con los padres u otros adultos de referencia ayuda a evitar el estrés y el sentimiento de vergüenza, y le da apoyo y la comprensión de que «conmigo todo está bien».

    ¿A qué edad empezar la conversación?

    Hoy en día es especialmente importante no posponer esta charla. Las investigaciones actuales muestran que la primera menstruación puede comenzar ya entre los 8 y 10 años. Esto está relacionado con la alimentación, el estrés, el equilibrio hormonal, el entorno y el estilo de vida. Por eso, ya no conviene guiarse por cómo fue en vuestra propia infancia.

    Los especialistas de la Academia Americana de Pediatría señalan que el mejor momento para empezar a hablar de la menstruación es entre los 7 y 9 años, es decir, antes de que comience. Incluso si la niña aún no hace preguntas, es mejor que la primera información la reciba de vosotros, personas en las que confía.

    Si la menstruación ya ha empezado, la conversación sigue siendo necesaria: ahora puede centrarse en las sensaciones físicas, la higiene, las reacciones emocionales y la regularidad del ciclo.

    Cómo explicar la menstruación

    Es mejor iniciar la conversación en un ambiente tranquilo, sin prisas ni presión. La menstruación no es un tabú ni un problema, sino una parte de la vida. No tengáis miedo de llamar a las cosas por su nombre: “vulva”, “vagina”, “ciclo”, “compresas”, “bragas menstruales” son palabras que una niña debería conocer y poder usar.

    Hablad con seguridad y honestidad, explicando de forma clara pero sin simplificar en exceso. A continuación, un ejemplo de cómo puede sonar una conversación así:

    • «Pronto tu cuerpo empezará a cambiar; es una etapa natural del crecimiento que se llama pubertad. Uno de los signos importantes de este periodo es la menstruación, o la regla.
    • Es cuando sale sangre por la vagina: así el cuerpo pasa cada mes por un ciclo natural para que, en el futuro, si quieres, puedas ser mamá.
    • Normalmente la menstruación empieza entre los 9 y los 13 años. En algunas niñas llega antes y en otras después, y todo eso es normal. Puede haber poca sangre o parecer que hay mucha: ambas cosas entran dentro de lo normal. La regla suele durar de 3 a 7 días y se repite aproximadamente una vez al mes.
    • Al comienzo del ciclo puedes sentirte cansada, irritable o notar molestias en la parte baja del abdomen; muchas niñas y mujeres sienten algo parecido. Hay formas de aliviarlo: medicamentos, una bolsa de agua caliente y descanso.
    • Te lo cuento con antelación para que sepas que todo lo que ocurra es natural y que contigo todo está bien. Siempre puedes venir a preguntarme o simplemente a hablar. Podemos elegir juntas todo lo que necesites y prepararnos para que te sientas segura».

    Esta conversación puede darse por etapas, volviendo al tema una y otra vez a medida que el cuerpo crece y cambia.

    Si os resulta difícil hablarlo directamente, podéis recurrir a libros sobre el crecimiento de las niñas y leerlos juntas, comentándolos y respondiendo a las preguntas que surjan.

    Errores frecuentes que conviene evitar

    Incluso con las mejores intenciones, los adultos a veces cometen errores que pueden hacer que el tema de la menstruación resulte incómodo o intimidante.

    Qué no conviene hacer:

    • no esperar a que la hija empiece a interesarse por sí sola;
    • no evitar palabras como “sangre”, “vagina” o “menstruación”;
    • no hablar de la menstruación como de una “molestia” o algo “desagradable”;
    • no bromear sobre el tema ni usar insinuaciones o explicaciones exageradas;
    • no dejar a la niña sola con el tema limitándoos a darle compresas.

    Aunque la conversación pueda resultar incómoda, es necesaria. La apertura, el respeto y un tono tranquilo ayudan a que la niña no tenga miedo de su cuerpo y fortalecen la confianza entre vosotros.

    La menstruación no es algo vergonzoso ni incómodo. Es una parte del crecimiento por la que pasa cada niña. Y es importante que la atraviese con apoyo, comprensión y la sensación de que «conmigo todo está bien».

  • Tu hijo tiene entre 10 y 13 años: qué esperar

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    El periodo entre la infancia y la adolescencia no es una crisis, sino una etapa de crecimiento. Entre los 10 y los 13 años los chicos empiezan a cambiar, y a los padres no siempre les resulta fácil entender que todo va por buen camino.

    Qué le ocurre a un niño a esta edad

    La preadolescencia es el inicio del crecimiento. En los niños aumentan la estatura y el peso, cambia la voz, se incrementa la sudoración, pueden aparecer granos y vello en la cara y el cuerpo.
    En algunos los cambios son rápidos, en otros casi imperceptibles; ambas opciones son normales.

    También cambia el mundo interior. El niño se vuelve más sensible y autocrítico, puede distanciarse de los padres y buscar su propia opinión. Aparecen nuevos intereses y aumenta el deseo de pasar tiempo con amigos o a solas.

    Lo que más suele preocupar a los padres

    Cuando el hijo se cierra de repente, se vuelve irritable o pierde interés por cosas que antes le gustaban, es fácil empezar a preocuparse, sobre todo si antes era diferente.

    A los padres suelen inquietarles cambios como:

    • cambios bruscos de humor, susceptibilidad, irritabilidad;
    • distanciamiento: el niño cuenta menos cosas, rechaza la comunicación;
    • mayor uso de dispositivos y menor interés por los estudios;
    • aislamiento, rechazo de su propio cuerpo y apariencia;
    • baja autoestima y ansiedad.

    Es importante recordar que la mayoría de estos cambios forman parte natural del crecimiento y no son un problema que deba resolverse de inmediato.

    Cómo ayudar al niño a atravesar esta etapa

    Aunque el hijo aparente que puede con todo solo, el apoyo de los padres es ahora especialmente importante. La calma, la aceptación y la atención le dan una sensación de apoyo y le ayudan a comprenderse mejor.

    Algunos pasos sencillos pero importantes:

    • Intenta hablar con calma y suavidad, y mantente atento incluso si el niño se distancia.
    • Pregunta sin presión: “¿Cómo estás?”. Incluso una sola pregunta puede marcar la diferencia.
    • Respeta su espacio personal: que tenga tiempo y lugar para estar solo.
    • Habla del crecimiento de forma tranquila, sin bromas ni silencios incómodos. Si te resulta difícil, puedes empezar con libros que expliquen claramente los cambios del cuerpo.
    • Asegura que tenga un sueño adecuado, una alimentación regular y actividad física.
    • Ayuda a fortalecer su confianza: reconoce el esfuerzo, no solo el resultado.
    • Si te parece que el niño está muy cerrado o su estado te preocupa, es motivo para consultar a un psicólogo.

    Qué dice la ciencia

    Los científicos llevan tiempo estudiando cómo crece y cambia el cerebro en la preadolescencia. Estas son algunas conclusiones importantes:

    • El cerebro de los niños cambia de forma especialmente activa.
      Entre los 10 y los 13 años se produce una reorganización de la corteza prefrontal —la zona responsable del autocontrol y la planificación—. Esto influye en el comportamiento: al niño le cuesta más controlar los impulsos y concentrarse.
    • Aumenta la sensibilidad a las expresiones faciales y a las emociones.
      Al inicio de la pubertad se intensifica la reacción del cerebro a las expresiones faciales, especialmente a la desaprobación, la vergüenza o la burla. De ahí una mayor susceptibilidad o el deseo de evitar la atención.
    • La opinión de los compañeros se vuelve especialmente importante.
      Los niños de 10 a 13 años son vulnerables al rechazo: el cerebro reacciona a él casi como a un dolor físico. El apoyo en casa ayuda a afrontar situaciones difíciles y a no sentirse solo.
    • La capacidad de decir “no” no se desarrolla al mismo ritmo en todos.
      Cuanto más activo es el centro emocional del cerebro, menos expuesto está el niño a riesgos y a la influencia de los amigos. Esto explica por qué a algunos les resulta más fácil decir “no” que a otros.

Lo que le ocurre a tu hijo entre los 10 y los 13 años no es una crisis, sino crecimiento. Incluso si te parece que se ha distanciado, sigues siendo su apoyo. Y él lo siente, aunque todavía no lo diga en voz alta.

  • Solo en casa: ¿cómo saber si tu hijo está preparado?

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    En algún momento, todos los padres y madres se hacen esta pregunta: ¿se puede dejar a un hijo solo en casa? Por ejemplo, durante 15 minutos mientras vas a la farmacia, o un par de horas después del colegio.

    No depende tanto de la edad como del nivel de autonomía, las habilidades del niño y el entorno del hogar. Veamos cómo dar este paso con cuidado y tranquilidad.

    No existe una edad “correcta”, sino preparación

    En muchos países no existe una ley que establezca con exactitud a partir de qué edad se puede dejar a un niño solo en casa. Con mayor frecuencia se mencionan los 10–12 años, pero con una aclaración: lo principal no son los números, sino la preparación.

    Las investigaciones muestran que niños de la misma edad pueden diferir mucho en su nivel de autonomía. Por eso es importante guiarse por el comportamiento, no solo por el calendario.

    Cómo saber si tu hijo está preparado

    Observa: ¿se siente seguro cuando está solo en una habitación? ¿Sabe cómo comunicarse contigo o llamar a los servicios de emergencia? ¿Puede mantener la calma si se va la luz o si alguien toca el timbre? ¿Sabe prepararse o calentar algo de comida?

    Es una buena señal si cumple los acuerdos incluso sin recordatorios. En cambio, la ansiedad, las llamadas frecuentes o el miedo a quedarse solo indican que todavía es mejor no apresurarse.

    Qué tener en cuenta según la edad

    Es importante considerar no tanto la edad en números, sino las habilidades que el niño ya ha desarrollado y su nivel de seguridad. A continuación, algunas orientaciones aproximadas según la etapa.

    7–9 años

    Aunque no existe una edad universal, para los más pequeños hay recomendaciones generales. Dejar solos a niños de 7–9 años aún es pronto. Sin embargo, ya se pueden enseñar reglas básicas de seguridad:

    • no abrir la puerta a desconocidos;
    • no acercarse a la cocina sin permiso de un adulto;
    • saber cómo actuar en una situación de emergencia;
    • saber a quién llamar en caso de necesidad.

    Se pueden probar períodos muy cortos — 5–7 minutos— si estás cerca, por ejemplo, al salir a recoger un paquete.

    10–12 años

    Es la edad para dar los primeros pasos. Empieza con 15–30 minutos y reglas claras: no abrir la puerta, no usar la cocina, llamarte ante cualquier inquietud. Es preferible que sea de día y que el niño se sienta seguro.

    13–14 años

    Un preadolescente ya puede quedarse en casa varias horas después del colegio si tiene experiencia previa y cumple las normas con seguridad.

    Lo principal es acordar límites: ¿puede invitar amigos?, ¿cuánto tiempo puede pasar en internet?, ¿qué actividades puede hacer? El apoyo y la confianza siguen siendo tan importantes como en edades más tempranas.

    Cómo preparar al niño

    Antes de dejar a tu hijo solo en casa, es importante no solo evaluar su preparación, sino también ayudarle a sentirse seguro. La preparación es un proceso que requiere tiempo, atención y repetición. Aquí tienes algunos pasos para empezar:

    1. Explícale por qué confías en él —por ejemplo, porque cumple los acuerdos, mantiene la calma cuando está solo en una habitación y sabe usar el teléfono. Esto refuerza su sensación de responsabilidad.
    2. Repasad juntos reglas sencillas: no abrir la puerta a nadie, no contestar llamadas de números desconocidos, no encender la cocina, no abrir ventanas o el balcón sin necesidad.
    3. Deja a la vista números de teléfono importantes, una lista de qué hacer “si pasa algo” y acuerden un momento para comunicarse.
    4. Practicad situaciones hipotéticas: “Estás en casa y alguien llama a la puerta”, “Empieza una tormenta fuerte y se va la luz”, “Te haces un corte, ¿qué haces?”.
    5. Y lo más importante: hazle saber que estás cerca, aunque sea a distancia.

    Si algo no sale como se esperaba

    No siempre todo sale según lo planeado. El niño puede asustarse, confundirse o llamarte en pánico. No es momento de reproches ni reacciones bruscas. Es mejor hablar con calma sobre lo ocurrido y sacar conclusiones juntos. A veces basta con esperar un poco e intentarlo de nuevo más adelante.

    Quedarse solo en casa es una habilidad que se desarrolla poco a poco. Y tu apoyo, serenidad y confianza son el mejor respaldo en este camino.

  • Cómo elogiar para que los niños crean en sí mismos

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    El elogio puede ser un salvavidas para un niño en un momento difícil. Puede darle confianza antes de un examen importante o ayudarle a creer en sí mismo cuando las cosas no van bien. Pero es importante no solo elogiar, sino hacerlo de una manera que se ajuste a la edad y necesidades del niño.

    Por qué importa el elogio

    Entre los 7 y 12 años, los niños están aprendiendo activamente a tomar decisiones, asumir responsabilidades y no temer a los errores. La retroalimentación de los adultos es especialmente importante durante este período porque moldea cómo los niños se ven a sí mismos.

    El elogio basado en acciones y esfuerzos reales ayuda a fortalecer la motivación y el vínculo entre padres e hijos. También enseña a los niños a creer que el crecimiento proviene de intentarlo, no de ser “naturalmente inteligente”.

    Las investigaciones muestran que los niños elogiados por su esfuerzo son más persistentes, prueban nuevos enfoques y manejan mejor los contratiempos.

    Cómo elogiar de manera efectiva

    Un buen elogio ayuda al niño a entender exactamente qué hizo bien y por qué funcionó. De esa manera, puede repetir el mismo éxito la próxima vez.

    Cómo elogiar:

    • Destaca el esfuerzo, no la capacidad innata En lugar de “Eres muy inteligente”, di “Te esforzaste mucho con este problema y lo resolviste”. Esto fomenta una mentalidad de crecimiento y reduce el miedo a los errores.
    • Sé específico No solo “Buen trabajo”, sino “Revisaste cada problema dos veces, y eso te ayudó a evitar errores”.
    • Evita los cumplidos exagerados Frases como “¡Eso fue genial!” o “¡Perfecto!” pueden causar ansiedad, especialmente en niños que ya dudan de sí mismos.
    • Reconoce la iniciativa y la curiosidad Elogiar las acciones independientes y la curiosidad fortalece el deseo de aprender del niño. Por ejemplo, “Decidiste probar un método nuevo por tu cuenta, eso está muy bien”.
    • Mantén el equilibrio La crítica puede ser útil, pero sin apoyo pierde su valor. Las investigaciones confirman que los niños reciben mejor la retroalimentación cuando también saben que sus fortalezas son reconocidas.

    Ejemplos de elogios que construyen confianza

    Aquí hay algunas frases que hacen que el elogio se sienta genuino y significativo. Se pueden adaptar a casi cualquier situación; lo importante es que surjan de una atención y cuidado reales:

    • “Realmente te esforzaste para resolver esto. Eso me gusta7”.
    • “No te rendiste cuando se puso difícil. Eso es importante”.
    • “Lo pensaste bien antes de tomar una decisión”.
    • “Revisaste todo con tanto cuidado, eso es una gran concentración”.
    • “Empezaste esto por tu cuenta. Me gusta tu iniciativa”.
    • “Explicaste muy claramente cómo lo hiciste⁶, eso es impresionante”.
    • “Seguiste intentándolo aunque no funcionó la primera vez. Estoy orgulloso de ti”.
    • “Le pusiste mucho esfuerzo a esta tarea, se nota y eso significa mucho”.

    Qué puede debilitar el elogio

    Algunas frases o reacciones comunes pueden hacer que el elogio sea menos efectivo, como comparar al niño con otros u ofrecer cumplidos automáticos y poco sinceros. También es mejor evitar usar el elogio como una forma de manipulación: de esa manera pierde su poder.

    El elogio no es solo una técnica. Es parte de una conversación real que le dice al niño: “Importo”, “Puedo hacer esto” y “Me ven y me valoran”. Estos momentos sientan las bases para la autoconfianza y las relaciones sólidas entre padres e hijos.

    Referencias:

  • El niño en Internet: qué es importante que sepan los padres

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    El entorno online es una parte de la vida del niño igual que la escuela o la calle. Le enseñamos a cruzar la calle y a decir “gracias”, y del mismo modo podemos hablar con calma y sin presión sobre la seguridad digital. Porque detrás de juegos y vídeos llamativos a veces se esconden riesgos, y nuestro apoyo le ayuda a afrontarlos.

    Posibles riesgos para el niño en Internet

    Existe un modelo sencillo que ayuda a entender con qué situaciones puede encontrarse un niño en Internet. Se llama 4C, por las primeras letras de las palabras en inglés: Content, Contact, Conduct, Contract/Consumer — contenido, contacto, conducta y riesgos de consumo.

    • Contenido — el niño puede encontrarse accidentalmente con materiales que asustan, son violentos o están sexualizados.
    • Contacto — personas desconocidas en juegos o redes sociales pueden escribirle, intentar hacerse amigas o influir en sus decisiones. A veces esto puede derivar en ciberacoso o grooming (acercamiento manipulador de un adulto a un menor con la intención de hacerle daño).
    • Conducta — el niño puede, sin entender las consecuencias, compartir datos personales, entrar en conflictos o participar en retos peligrosos.
    • Riesgos de consumo — la publicidad, las compras dentro de los juegos y los algoritmos insistentes hacen que el niño sea vulnerable como usuario.

    Además, los expertos señalan la influencia de Internet en el sueño, la concentración y el bienestar general, especialmente en los adolescentes.

    Cómo pueden ayudar los padres

    No podemos aislar por completo al niño de Internet, y tampoco es necesario. Pero sí podemos ayudarle a sentirse más seguro en este entorno. Esto es lo que apoya a los niños:

    • Hablar y escuchar. Interésate por lo que juega y por lo que mira. Aunque no compartas sus intereses, tu atención es importante.
    • Llegar a acuerdos. Establece reglas sencillas: cuánto tiempo pasar frente a la pantalla y cuándo hacer pausas.
    • Estar cerca. Es mejor que el niño acuda con una pregunta o una preocupación que que tenga miedo al castigo.
    • Hacer juntos. Activad juntos el modo privado, desactivad la geolocalización denunciad a quien ofende. No solo es cuestión de seguridad, también de confianza.
    • Ayudar a formular preguntas. ¿Por qué creíste esa información? ¿Quién la escribió? Este tipo de preguntas desarrolla el pensamiento crítico.

    Recordatorio: qué se puede comprobar

    Existen listas sencillas y claras de lo que conviene revisar: cómo está configurada la privacidad, si los filtros están activados, si los datos personales son visibles.

    Habla con tu hijo y revisad juntos cómo está organizado su entorno digital. Sin presión, en un ambiente tranquilo, para que se sienta cómodo y lo entienda todo con claridad.

    Privacidad de las cuentas

    • ¿Las cuentas en redes sociales y juegos están cerradas a personas desconocidas?
    • ¿Se utiliza un seudónimo en lugar del nombre real?

    Datos personales

    • ¿Es visible la información sobre edad, escuela o dirección?
    • ¿Está desactivada la geolocalización en las aplicaciones?

    Contraseñas

    • ¿Las contraseñas son suficientemente seguras?
    • ¿El niño sabe que no debe compartirlas ni siquiera con amigos?
    • ¿Dónde se guardan las contraseñas? ¿Se pueden recuperar?

    Configuración de seguridad

    • ¿Están activados los filtros parentales y las restricciones por edad?
    • ¿Hay límites para las compras dentro de las aplicaciones?

    Comunicación

    • ¿El niño sabe qué hacer si le escribe una persona desconocida?
    • ¿Sabe bloquear cuentas y enviar denuncias?

    Contenido

    • ¿Existe la regla de no abrir enlaces o archivos desconocidos?
    • ¿El niño sabe que puede simplemente cerrar la aplicación si algo le asusta?

    Bienestar digital

    • ¿Hace pausas de la pantalla?
    • ¿Habláis sobre cómo se siente después de pasar tiempo en Internet?

    Qué es importante recordar

    La tecnología es parte de la vida del niño. No podemos apagar este mundo, pero sí podemos hacerlo más comprensible y seguro. Con nuestra atención, apoyo y calma mostramos que siempre hay un adulto cerca que ayudará, comprenderá y no juzgará.

  • ¿A tu hijo le cuesta leer? Podría ser dislexia

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    Si a tu hijo le resulta difícil leer —lo hace lentamente, confunde letras, comete errores o cambia el orden de las sílabas— puede que no sea solo una dificultad temporal, sino una manifestación de dislexia.

    Estas características suelen hacerse visibles en la escuela primaria: mientras sus compañeros ya leen con seguridad, el niño con dislexia todavía “tropieza”, se cansa rápido y pierde motivación.

    Este artículo te ayudará a entender qué es la dislexia y cómo apoyar a tu hijo.

    Qué es la dislexia

    La dislexia es una particularidad neuropsicológica en la que al cerebro le cuesta procesar la información escrita: reconocer letras, unirlas en sílabas y comprender el significado del texto.

    No es una enfermedad y no está relacionada con la inteligencia, la motivación ni el esfuerzo del niño; simplemente su cerebro funciona de una manera un poco diferente. A menudo la dislexia se acompaña de disgrafía, una dificultad en la escritura.

    Las investigaciones muestran que en niños con dislexia hay alteraciones en la interacción entre áreas del cerebro responsables del lenguaje, la audición y la visión. Las causas pueden variar: desde factores hereditarios hasta dificultades del habla en la primera infancia.

    Cómo se manifiesta

    Los errores al comenzar a leer son normales. Pero si a los 7–8 años el niño aún lee muy despacio, confunde letras con frecuencia y tiene dificultad para comprender lo leído, conviene consultar con un especialista.

    Presta atención si tu hijo:

    • lee por sílabas y comete muchos errores;
    • confunde o sustituye letras (por ejemplo, “b” y “p”);
    • invierte letras o sílabas;
    • no entiende lo que acaba de leer;
    • adivina palabras sin terminarlas;
    • evita leer en voz alta;
    • usa frases muy cortas y pide que le repitan las cosas;
    • se cansa rápidamente al leer o se queja de dolor de cabeza.

    A veces también aparecen dificultades con la escritura, con secuencias (como los días de la semana), con la atención o la orientación espacial. Un retraso en el habla durante la infancia o antecedentes familiares de dificultades similares pueden ser señales adicionales.

    La dislexia no es una sentencia

    La dislexia no es una enfermedad, sino una característica del procesamiento visual y lingüístico. Se estima que entre el 17 y el 23 % de las personas la presentan. Entre ellas hay figuras reconocidas como Leonardo da Vinci, Albert Einstein, Walt Disney, Quentin Tarantino o Keira Knightley.

    Los estudios demuestran que la detección temprana y el apoyo adecuado marcan la diferencia: entre el 70 y el 90 % de los niños, con intervención oportuna, logran desarrollar habilidades lectoras y académicas satisfactorias. Lo importante es no retrasar la ayuda.

    El apoyo familiar y el trabajo con profesionales permiten que los niños con dislexia desarrollen su potencial, estudien con confianza y se sientan capaces.

    Qué hacer si observas señales

    La lectura es la base del aprendizaje en otras materias. Cuando esta habilidad se forma con dificultad, el rendimiento, la motivación y la autoestima pueden verse afectados. Por eso es tan importante identificar a tiempo qué está costando y actuar.

    Si notas dificultades, lo primero es acudir a un logopeda o a un neuropsicólogo. Ellos podrán determinar si se trata de dislexia o de otra causa, como problemas auditivos o de atención.

    El apoyo suele implicar un equipo de especialistas:

    • El logopeda trabaja la discriminación de sonidos y la comprensión lectora.
    • El neuropsicólogo fortalece la atención, la memoria y la coordinación.
    • El pedagogo especializado adapta el proceso de aprendizaje a las necesidades del niño.

    Las sesiones suelen realizarse de forma lúdica, con ejercicios de audición, motricidad y memoria visual, siempre al ritmo del niño y con refuerzo positivo.

    Cómo ayudar en casa

    El simple hecho de estar a su lado ya es un gran apoyo. Evita regañarlo por los errores, compararlo con otros o presionarlo. Eso no ayuda y puede afectar su confianza.

    Podéis:

    • Leer juntos, alternando párrafos y ayudando con palabras difíciles.
    • Usar audiolibros y subtítulos para mantener el interés por las historias.
    • Jugar con palabras: rimas, adivinanzas y juegos verbales que desarrollen la conciencia fonológica de manera divertida.

    Cómo apoyar emocionalmente

    Para un niño con dislexia, incluso tareas sencillas pueden sentirse como un reto. A menudo se enfrenta a comparaciones: «Otros ya leen y tú no». Eso duele y debilita la confianza.

    El apoyo de los padres es el recurso más importante.

    • Dile que estás a su lado: «Te estás esforzando y lo lograrás. Solo necesitamos un poco más de tiempo».
    • Separa el error del niño: en lugar de «Otra vez te equivocaste», prueba «Intentémoslo de nuevo, es una palabra difícil».
    • Elogia el esfuerzo, no solo el resultado.
    • Crea un espacio seguro en casa, donde pueda equivocarse sin miedo.
    • Ofrece descansos después de tareas difíciles —una caminata o un juego juntos— para aliviar la tensión.

    Cada niño puede aprender, solo que de maneras distintas. Lo más importante es creer en él y acompañarle en el proceso.

  • ¿Cuánta actividad física necesita un niño de 7 a 12 años?

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    Entre los 7 y los 12 años los niños crecen rápidamente, tanto física como mentalmente. El movimiento les ayuda a sentirse mejor, a manejar las emociones y a aprender con mayor facilidad. Es especialmente importante que la actividad sea diaria.

    En este artículo explicamos cuánta actividad necesitan los niños a esta edad y cómo integrar el movimiento en la vida cotidiana de forma sencilla.

    Por qué es importante moverse todos los días

    Cuando un niño estudia mucho, necesita aún más movimiento. La actividad física no solo beneficia al cuerpo, sino también al cerebro: mejora la memoria, la atención y el estado de ánimo.

    La actividad física:

    • fortalece el corazón, los pulmones, los músculos y los huesos;
    • ayuda a mantener un peso saludable;
    • mejora la postura y la coordinación;
    • reduce la ansiedad y mejora el estado de ánimo;
    • aumenta la confianza en sí mismo y contribuye a la autoestima;
    • mejora la atención, la memoria y el rendimiento escolar.

    Cuánta actividad y de qué tipo necesita un niño

    Según las recomendaciones de la Organización Mundial de la Salud, los niños de 7 a 12 años deberían:

    • realizar al menos 60 minutos diarios de actividad física de intensidad moderada o alta;
    • practicar al menos tres veces por semana actividades que fortalezcan los músculos y los huesos.

    Cómo integrar la actividad en la vida diaria

    No es necesario practicar deporte competitivo ni participar en competiciones para estar activo cada día. El movimiento puede formar parte de la rutina habitual: en casa, de camino a la escuela o durante el tiempo libre.

    Ejemplos de actividad física:

    • caminar a paso rápido;
    • ir en bicicleta o en patinete;
    • correr;
    • bailar o nadar;
    • fútbol, baloncesto, bádminton, tenis y otros deportes;
    • trepar, saltar y jugar en el parque;
    • ir caminando a la escuela;
    • juegos activos en el patio o en casa;
    • pasear y jugar con el perro;
    • ayudar en casa: limpieza, trabajos de jardín;
    • subir escaleras en lugar de usar el ascensor;
    • salidas en familia al parque o a la naturaleza.

    Elige lo que le guste a tu hijo: baile, bicicleta, juegos con pelota… lo importante es que disfrute. Apoya sus intereses, incluso si no coinciden con los tuyos.

    Qué conviene evitar

    El sedentarismo es uno de los principales enemigos de la salud infantil. Cuanto más tiempo pasa un niño sin moverse, mayor es el riesgo de aumento de peso, menor resistencia física y peor estado de ánimo.

    Es especialmente importante evitar que las pantallas sustituyan la actividad física. En lugar de desplazarse sin fin por vídeos, propone un paseo, un juego activo o una pequeña ayuda en casa: así el niño se moverá más y se sentirá mejor.

    El apoyo de la familia es clave

    Si los adultos se mueven, los niños tienden a imitarlos. Pasear juntos, ir en bicicleta o bailar en casa puede ser beneficioso tanto para la salud como para el ánimo. Lo importante no es obligar, sino dar ejemplo.

    Que el movimiento se convierta para el niño en una fuente de alegría, confianza y energía — primero poco a poco y después, cada día.

  • ¿Tu hijo pierde cosas? Así puedes ayudarle

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    La mamá de Kirill compra material escolar nuevo cada mes y, cada seis meses, mochilas y chaquetas, porque su hijo las pierde en la escuela o las olvida en el transporte público.

    ¿Te resulta familiar? Veamos por qué ocurre y qué puedes hacer para ayudar a tu hijo a manejar mejor su despiste.

    Por qué los niños pierden cosas

    A veces puede parecer que el niño simplemente es distraído o irresponsable. Pero en realidad, detrás de esto hay características del desarrollo y tareas propias de la edad que enfrentan los niños de 7 a 12 años.

    El cerebro aún está aprendiendo a autorregularse

    La capacidad de cuidar las propias pertenencias está relacionada con funciones específicas del cerebro. Son las que permiten planificar, comprobar que todo está preparado y terminar lo que se empieza. Entre los 7 y los 12 años estas funciones todavía se están formando, por eso perder cosas es una parte natural del desarrollo y no está relacionado con pereza o falta de responsabilidad.

    Se manifiestan características individuales

    En algunos niños con particularidades del desarrollo, por ejemplo con trastorno por déficit de atención e hiperactividad (TDAH) o con trastornos del espectro autista (TEA), la tendencia a olvidar puede manifestarse con mayor intensidad.

    Pero incluso sin estos diagnósticos, un niño puede quedarse absorto en sus pensamientos y concentrarse solo en lo que es importante para él, y no necesariamente en lo que es importante para sus padres.

    En otros casos influyen rasgos personales de carácter y atención. Todo esto hace que la etapa de las “pérdidas constantes” sea una parte normal del crecimiento.

    Qué podemos hacer como padres

    Podemos ayudar paso a paso a que el niño sea más organizado.

    Qué ayuda

    • Recordatorios visuales y pistas. Elaborad juntos esquemas claros: por ejemplo, estantes en la entrada con etiquetas como “Aquí vive la mochila” o “Nido de los gorros”. Podéis pegar notas de colores o añadir dibujos; así al niño le resultará más fácil orientarse.
    • Simplificar el entorno. Cuando hay demasiadas cosas, es difícil mantenerlo todo bajo control. Dejad solo lo necesario: un par de guantes en lugar de cinco, un estuche cómodo en lugar de tres. Carpetas y estuches transparentes ayudan a ver de inmediato qué falta.
    • Listas y recordatorios. Colocad una pizarra magnética con una lista o haced una pulsera recordatoria con cuentas: cada cuenta representa una tarea. Así el niño puede marcar los pasos completados y prepararse sin estrés innecesario.
    • Rituales diarios. Intentad dedicar por la noche 10–15 minutos a preparar las cosas. Esto reduce las prisas de la mañana y disminuye la probabilidad de olvidar algo.
    • Tiempo para buscar. Si algo se pierde, proponeos pensar juntos: “¿Dónde podrías haberlo dejado? ¿Revisamos el vestuario o el aula?”. Esto ayuda al niño a buscar soluciones en lugar de entrar en pánico.
    • Cuidado y valor de las cosas. No te apresures a reemplazar lo perdido con una compra nueva. Primero intentad buscarlo; así será más fácil que el niño comprenda el valor de sus pertenencias.

    Qué puede perjudicar

    A veces, al intentar ayudar, los padres pueden actuar con demasiada dureza: reprochar la falta de atención, compararlo con otros niños o hacer comentarios delante de otras personas.

    Este tipo de reacciones rara vez ayuda: aumentan la ansiedad y reducen la confianza en uno mismo. Como resultado, al niño le resulta aún más difícil manejar su despiste.

    Es importante recordar: perder cosas es una parte natural del desarrollo en los niños de 7 a 12 años, no un rasgo negativo de carácter. El apoyo y la empatía funcionan mejor que los reproches.

  • Los hijos dejaron el nido: cómo afrontar el vacío

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    Cuando los hijos crecen y dejan el hogar —se van a estudiar, a otra ciudad o comienzan a vivir por su cuenta— la casa se vuelve inusualmente silenciosa. Y el silencio es solo una parte del cambio.

    Los psicólogos llaman a esta etapa “síndrome del nido vacío”. Lo viven con mayor intensidad los padres que dedicaron gran parte de su vida a la crianza.

    En este artículo hablamos de cómo atravesar este periodo con cuidado y transformar la sensación de vacío en libertad.

    Qué es el síndrome del nido vacío

    El síndrome del nido vacío es una reacción emocional ante la partida de los hijos del hogar. No es un diagnóstico psiquiátrico, sino un proceso de adaptación.

    Se observa con mayor frecuencia en mujeres, aunque los hombres también pueden experimentarlo; simplemente, debido a estereotipos sociales, suelen hablar menos de sus emociones.

    Es importante entender que no estás solo: es una experiencia común, sobre todo en familias con un solo hijo o en aquellas donde durante muchos años las necesidades de los hijos estuvieron por encima de las propias.

    Cómo se manifiesta

    Muchos padres viven esta etapa como una verdadera pérdida. Puede ir acompañada de:

    • tristeza o ganas de llorar;
    • sensación de vacío interior, como si algo importante hubiera desaparecido;
    • pérdida de sentido en la vida o en el rol familiar;
    • nostalgia por el pasado.

    El estrés también puede reflejarse en el cuerpo:

    • cansancio o falta de energía;
    • problemas de sueño, insomnio o somnolencia;
    • cambios en el apetito;
    • aumento de la ansiedad.

    El periodo de adaptación suele durar entre 6 y 12 semanas, a veces hasta seis meses. Si existen otros factores de estrés —soledad, cambios hormonales, pérdida de empleo— el proceso puede prolongarse y derivar en depresión. En ese caso, es importante acudir a un psicólogo o psiquiatra.

    Durante este tiempo, algunos padres intensifican el control sobre la vida de sus hijos: llaman a diario, aconsejan, critican. Detrás suele estar el deseo de seguir siendo necesarios, pero el exceso de control puede dañar la confianza y alejar a los hijos.

    ¿Por qué es normal sentirse así?

    La sensación de vacío tras la partida de los hijos es natural. La crianza exige implicación durante muchos años, y el cambio repentino de ritmo se vive como una pérdida. Hasta que se forma una nueva rutina, es posible sentir que se ha perdido parte de la propia identidad.

    El síndrome del nido vacío es temporal. Es importante darse tiempo, no minimizar los propios sentimientos y adaptarse al propio ritmo. Con apoyo adecuado, esta transición puede convertirse en el inicio de una nueva etapa llena de desarrollo personal, libertad y creatividad.

    Cómo ayudarte

    Permítete sentir tristeza y reconocer lo que estás viviendo. No es debilidad, es una expresión de amor.

    Algunas cosas que pueden ayudar:

    • Hablar con amigos y familiares. No te aísles, comparte lo que sientes.
    • Consultar con un psicólogo. Un profesional puede ayudarte a comprender tus emociones y atravesar esta etapa.
    • Buscar nuevas aficiones. Tal vez siempre quisiste bailar, aprender un idioma o simplemente pasear más —ahora tienes tiempo para ello.
    • Cuidarte. La partida de los hijos puede ser el momento de colocarte nuevamente en el centro de tu vida: atender tu salud, retomar planes postergados.
    • Fortalecer otras relaciones. La relación de pareja o las amistades pueden renovarse si se les dedica tiempo y atención.

    Cómo construir la relación con el hijo adulto

    Los hijos también pueden vivir la separación con intensidad. Junto con la alegría de la libertad, pueden sentir ansiedad ante lo desconocido, culpa por la tristeza de los padres, miedo a fallar o dificultades para organizarse.

    Lo mejor es mantener un contacto regular pero ligero, que no se perciba como control, sino como una conexión cálida y de apoyo: una llamada semanal, mensajes de voz, fotos, memes compartidos.

    A muchos padres les cuesta empezar a vivir para sí mismos. Pero precisamente ese ejemplo inspira a los hijos: cuando ven que mamá y papá tienen intereses propios, energía y planes, les resulta más fácil construir su propia vida sin culpa.

  • Habla así — y tu adolescente empezará a escuchar

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    El Maestro Yoda es uno de los personajes más memorables de Star Wars. El director de la saga, George Lucas, explicó por qué uno de los jedis más poderosos hablaba de una manera especial, alterando el orden de las palabras en sus frases:

    “Si hablas de forma común, nadie te escucha. Pero si tienes una forma particular de hablar, todos intentarán prestar atención para no perder nada importante. Necesitaba encontrar la manera de atraer la atención hacia las palabras del maestro —especialmente de los niños de 12 años”  George Lucas, director

    Por qué funciona

    Cuando escuchamos un orden de palabras inusual, el cerebro se concentra más en el significado y nos ayuda a comprender mejor lo que se dice. Además, un ritmo lento da tiempo para reflexionar sobre lo escuchado.

    El “método Yoda” y otros recursos similares pueden utilizarse en la comunicación cotidiana con adolescentes.

    Aquí tienes algunas ideas prácticas:

    Cambia el orden de las palabras

    Intenta comenzar la frase por lo más importante:

    ❌ Deja de escribir mensajes, ya es tarde.
    ✅ Tarde ya es, apagar la pantalla momento es. La mente el sueño fortalece, y los mensajes hasta mañana pueden esperar.

    Habla despacio

    Las investigaciones muestran que los adolescentes perciben mejor el discurso a un ritmo de unas 120 palabras por minuto, no 170 como los adultos. Imagina que eres un maestro jedi enseñando a un joven padawan: cada palabra debe tener peso, y para eso hay que pronunciarla con calma.

    Sé un poco misterioso

    ¿Recuerdas cómo el Maestro Yoda hacía pensar a Luke? Sustituye las preguntas directas por otras más reflexivas:

    ❌ ¿Por qué haces la tarea tan tarde?
    ✅ El conocimiento, ¿por qué esperar debería?

    Añade un “contacto jedi”

    Para captar la atención antes de hablar, mírale a los ojos o toca suavemente su hombro. Así enfocarás su atención y crearás conexión de manera natural.

    Hablar con un adolescente de forma que realmente escuche no es sencillo, pero es posible. A veces ayudarán estos consejos; otras veces, un susurro, una broma o una mirada cálida serán suficientes.

    “Escuchará él, si sin presión hablas tú. Y con galletas quizá, más rápido conversar querrá, mmm”.