Автор: El equipo editorial de Findmykids

  • Seguridad corporal y límites personales

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    Lo que los niños deben saber sobre su cuerpo, sus límites y el derecho a decir «no»

    La mayoría de los adultos que abusan de los niños no son desconocidos. En la mayoría de los casos, se trata de personas que el niño ya conoce: familiares, entrenadores, amigos de la familia, vecinos.

    Son personas en las que el niño confía.

    Por eso, la protección más importante no es el miedo a los desconocidos, sino que el niño conozca sus propios límites y crea que puede acudir a ti para contarte cualquier cosa.

    Esta lección no pretende asustar. Su objetivo es proporcionar a los niños claridad y vocabulario, y darte las herramientas para que estas conversaciones se produzcan.

    El cuerpo pertenece al niño

    Esto parece obvio. Pero muchos niños no lo saben porque ningún adulto se lo ha dicho nunca directamente.

    Desde muy pequeños, los niños reciben mensajes contradictorios: «Dale un abrazo a la abuela»,

    «Deja que te mire el médico», «No montes un escándalo». Todo ello parte de buenas intenciones. Pero lo que el niño capta es: mi cuerpo no me pertenece del todo. Los adultos saben más que yo.

    Esa creencia es precisamente lo que hace que los niños sean vulnerables.

    Díselo directamente: «Tu cuerpo te pertenece». Explícales que tienen derecho a sentirse incómodos

    — y que lo digan. Que sus sentimientos importan. Que «no me gusta esto» es una razón suficiente para decir que no.

    Los límites y el derecho a decir que no

    Los límites personales tienen que ver con el cuerpo, el espacio y los sentimientos del niño. Son ellos quienes deciden quién puede abrazarlos, tocarlos o fotografiarlos. Y pueden decir que no a cualquier adulto, incluso a alguien que conozcan, incluso a un familiar.

    Las únicas excepciones son la atención médica necesaria en presencia de un padre o madre, y las emergencias reales. Incluso en esos casos, la regla sigue siendo válida: el niño debe entender qué está pasando y por qué. Un médico se lo explica. Un padre o madre está presente.

    Enseña la regla del bañador: las partes del cuerpo que cubre un bañador son privadas. Nadie debe tocarlas ni mirarlas, excepto un médico durante un examen (con un padre presente) o un padre cuando un niño pequeño necesita ayuda. Si alguien intenta romper esta regla, o le pide a un niño que la rompa con otra persona, que se lo diga a un padre de inmediato.

    Esta regla funciona porque es concreta. Un niño no tiene que valorar matices: hay una línea clara que es fácil de recordar y de explicar.

    Por qué importan los nombres anatómicos

    Muchos padres utilizan nombres cariñosos para referirse a las partes del cuerpo. Suenan más suaves, más apropiados para un niño pequeño. Pero hay un inconveniente real.

    Cuando un niño no conoce las palabras correctas, no puede describir con precisión lo que le ha pasado. Los adultos pueden malinterpretarlo o no darse cuenta en absoluto. En una situación en la que cada palabra cuenta, eso supone un grave problema.

    Los niños que conocen los nombres correctos están mejor protegidos: pueden decir con claridad qué les ha pasado y dónde. Eso reduce la barrera para hablar y aumenta la probabilidad de que se les escuche y se les entienda correctamente.

    Utiliza las palabras adecuadas en la vida cotidiana —a la hora del baño, en el médico— sin darle mayor importancia. Tu tono es la clave. Si lo abordas con naturalidad, ellos también lo harán.

    Secretos buenos y secretos malos

    No todos los secretos son iguales y los niños deben entender la diferencia.

    Un buen secreto es una sorpresa que se revelará pronto y que hará felices a todos. Un regalo de cumpleaños, un viaje que se está planeando. No causa ansiedad y tiene una fecha de finalización.

    Un mal secreto es aquel que hace que un niño se sienta ansioso, avergonzado o con miedo. Especialmente uno que un adulto les pide que no le cuenten a mamá o a papá.

    Enséñales esta regla: si alguien te pide que le ocultes algo a tus padres, eso es precisamente lo que debes contarles a tus padres. Los adultos que tienen buenas intenciones no piden a los niños que oculten cosas.

    Vuelve sobre este tema en diferentes contextos a lo largo del tiempo, no como una advertencia aterradora, sino como un hecho tranquilo y repetido. «¿Recuerdas lo que hablamos sobre los secretos malos? Este sería uno de ellos».

    Situaciones que vale la pena comentar

    Los niños responden mejor en momentos difíciles cuando ya han pensado en ellos, no en el calor del momento, sino con calma, en casa, contigo.

    Abrazos y besos «por educación». Tu hijo no tiene por qué abrazar ni besar a nadie con quien no quiera: ni a un abuelo, ni a un viejo amigo de la familia. «Prefiero chocar los cinco» o «¿Puedo saludar con la mano en su lugar?» son alternativas perfectamente válidas. Apóyalos en ese momento, incluso delante de otros adultos.

    Fotos y vídeos. Nadie debería fotografiar o grabar a tu hijo sin su consentimiento, especialmente en situaciones que le resulten extrañas, como en un vestuario o en traje de baño. Si un adulto le pide que no te cuente nada sobre una foto, eso es una señal de alerta.

    Vestuarios y espacios privados. En un vestuario, un baño o una ducha, tu hijo tiene derecho a la privacidad frente a otros niños y a los adultos que conoce.

    Exámenes médicos. Se trata de una excepción necesaria, pero uno de los padres debe estar presente, y el médico debe explicar qué está haciendo y por qué. Tu hijo no tiene por qué permanecer en silencio ni sentirse obligado a tolerar algo con lo que no se sienta cómodo.

    «No se lo digas a tu madre». Y punto. Justo en ese momento es cuando se lo cuentan a su madre.

    Hablar de esto a diferentes edades

    Preescolar (de 3 a 6 años). Usa los nombres correctos de las partes del cuerpo en conversaciones cotidianas sin que se convierta en un momento incómodo. Sé sencillo: «Tu cuerpo es tuyo. Nadie debe tocarte de una forma que no te guste». Leed juntos libros sobre el tema; eso alivia la tensión y hace que resulte natural. A esta edad, los niños asimilan fácilmente las normas cuando se les transmiten con calma y de forma repetida.

    Primaria (de 7 a 10 años). Habla en situaciones concretas: «Si alguien te toca de una forma que te parece mal, puedes decir que no y alejarte. Y cuéntamelo, sea lo que sea». Explica la diferencia entre los secretos buenos y los malos. Habla de a quién más pueden acudir si pasa algo: un profesor, el orientador escolar, otro adulto de confianza.

    Adolescentes (a partir de 11 años). Sé directo: los adolescentes se dan cuenta cuando se les está manipulando, y eso les hace cerrarse. Menciona el ámbito digital: la presión para compartir fotos íntimas, la manipulación por parte de una pareja, la presencia de desconocidos en sus mensajes.

    Deja claro que el consentimiento no es «que no hayan dicho que no». El consentimiento es «que hayan dicho que sí», y se puede retirar en cualquier momento.

    Cómo responder si tu hijo te cuenta algo: esta es la parte más importante de toda la lección. Tu reacción en los primeros minutos determinará si volverá a acudir a ti.

    Elimina inmediatamente el sentimiento de culpa. «Esto no es culpa tuya. Hiciste lo correcto al contármelo». Aunque hayan accedido a algo, no hayan dicho que no o se hayan quedado callados al principio, eso no es culpa suya.

    Dales las gracias por confiar en ti. «Me alegro mucho de que me lo hayas contado. Sé que no ha sido fácil». Dilo en voz alta. Necesitan saber que han hecho lo correcto.

    No los interrogues. No pidas detalles que no necesites. No hagas las mismas preguntas varias veces. Las preguntas repetidas causan un daño repetido. Pregunta solo lo necesario para entender la situación.

    Anótalo. Anota —con tus propias palabras, sin interpretaciones— lo que te ha contado tu hijo y cuándo. Esto puede ser necesario más adelante para un terapeuta, un médico o las fuerzas del orden.

    Busca ayuda. No tienes por qué afrontar esto solo. Puedes acudir a un psicólogo infantil, a una línea de ayuda y, si es necesario, a la policía. No lo dejes para más tarde y no intentes resolver situaciones graves dentro de la familia. Hay personas cuyo trabajo consiste precisamente en ayudar en estos casos.

    Herramientas prácticas

    Juego de roles. Representa una situación: «Un desconocido quiere abrazarte y tú no quieres que lo haga, ¿qué le dices?». Practica algunas frases hasta que te salgan de forma natural. Un niño que ya ha dicho las palabras en voz alta se las arreglará mejor que uno que está pensando en ello por primera vez bajo presión.

    Dale frases preparadas. «No me gusta esto», «No quiero», «Se lo voy a decir a mi madre»: frases cortas, tranquilas, que no requieren explicación. No le deben una razón a nadie.

    Habla con tus familiares. Hazles saber a los abuelos, tías y tíos que, si tu hijo no quiere un abrazo, tú lo respetas. Dilo delante de tu hijo. Así le demostrarás que lo dices en serio.

    Repasa el círculo de confianza. ¿A quién, además de a ti, pueden acudir? Anota los nombres —y los números si es necesario— tal y como hiciste en la lección sobre salir solos.

  • Seguridad en línea

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    Lo que hacen los niños en Internet, y cómo hablar de ello

    Los niños de hoy en día viven en Internet de la misma forma en que nosotros vivíamos antes en el barrio: pasando el rato, cometiendo errores, aprendiendo por sí mismos. La diferencia es que el barrio se ha digitalizado, y a los padres no siempre les resulta fácil seguirles el ritmo.

    Es tentador caer en extremos: o bien ignorarlo por completo y esperar lo mejor, o bien intentar controlarlo todo. Ninguna de las dos opciones funciona a largo plazo.

    La buena noticia es que la seguridad en línea no empieza con restricciones o vigilancia. Empieza con la conexión: cuando un niño sabe que, si algo sale mal, no tendrá que afrontarlo solo.

    Confianza y control: encontrar el equilibrio

    Lo mejor es iniciar la conversación sobre la seguridad en Internet antes de que ocurra nada, idealmente cuando tus hijos son pequeños, más o menos cuando empiezan a usar una tableta para ver dibujos animados. Cuanto más crece un niño, más difícil resulta supervisarlo y más importante es que ya hayáis creado el hábito de hablar abiertamente.

    Los controles parentales, las restricciones del navegador, los límites de tiempo de pantalla… todas estas son herramientas útiles. Pero solo funcionan si van acompañadas de una conversación. Tu hijo debe entender por qué existen estas herramientas.

    No se trata de «estoy vigilando todo lo que haces», sino de «quiero que estés a salvo mientras aprendes a moverte por este mundo. Cuando estés listo, buscaremos otra forma de hacerlo».

    ¿Durante cuánto tiempo debes mantener los controles? No hay una respuesta fija. El mejor indicador es el siguiente: cuanto más seguro se sienta tu hijo a la hora de afrontar situaciones difíciles —y cuanto más dispuesto esté a acudir a ti cuando algo vaya mal—, más podrás ir retirándote. No es una cuestión de edad, sino de confianza, que se construye en ambos sentidos.

    Lo que todo niño debe saber

    Aquí tienes algunos principios que vale la pena repasar con regularidad, desde una edad temprana:

    Internet lo recuerda todo. Mensajes, fotos, comentarios… incluso los que se han borrado.

    — se pueden guardar y compartir. Antes de publicar nada, vale la pena preguntarse: «¿Me parecería bien que todo el mundo viera esto?».

    No existe el anonimato real. Ser cruel en Internet sigue teniendo consecuencias, a veces graves. Las palabras no desaparecen solo porque se hayan escrito.

    La información personal sigue siendo privada. La dirección de casa, el nombre del colegio, las fotos con etiquetas de ubicación, el camino que recorren para volver a casa, el coche aparcado fuera… Todo esto puede ayudar a un desconocido a localizar a un niño en la vida real.

    No hagas clic en enlaces de desconocidos. Aunque el mensaje parezca proceder de una marca que reconozca o parezca provenir de la cuenta de un amigo, tu hijo no debe hacer clic en él hasta que lo haya comprobado primero directamente con el amigo.

    Nunca compartas contraseñas ni datos de tarjetas. Con nadie. Por muy convincente que suene la petición.

    Si algo en Internet te parece raro, te hace sentir incómodo o te da miedo, cuéntaselo a tus padres inmediatamente. No intentes resolverlo por tu cuenta.

    Cuidado: estafas

    Las estafas en línea dirigidas a niños y adolescentes son cada vez más comunes y convincentes. Incluso los adultos caen en ellas. A continuación, te presentamos algunos casos reales que conviene conocer:

    «Has ganado un premio». Llega un mensaje diciendo que tu hijo ha ganado un sorteo; solo tiene que introducir sus datos o pagar los gastos de envío. Pero no hay ningún premio. Es una forma de obtener datos de la tarjeta o dinero en efectivo.

    «Vota por mí». Aparece un mensaje que parece provenir de un amigo: «Ayúdame, vota usando este enlace». El enlace lleva a un sitio de phishing que roba las credenciales de la cuenta y luego envía el mismo mensaje a todos los contactos de tu hijo.

    «Descarga este juego gratis». La instalación de software desde sitios web no oficiales suele conllevar malware oculto que puede robar contraseñas y acceder a tus cuentas.

    «Sé lo que has hecho». Un mensaje afirma tener fotos o información sobre tu hijo. El objetivo es asustarle para que envíe dinero o más información personal. Esto es chantaje y es ilegal.

    La respuesta a todo esto es la misma: no respondas, no hagas clic, no pagues, y cuéntaselo a tus padres inmediatamente. Aunque te parezca más fácil lidiar con ello solo.

    Cómo tener estas conversaciones sin cerrar el tema

    No hay un momento perfecto. Es posible que un niño pequeño no entienda de qué le estás hablando. Un niño de primaria estará convencido de que eso no le puede pasar a él. Un adolescente pondrá los ojos en blanco y dirá que ya lo ha oído todo antes.

    Pero ese es el trabajo. A veces, ser padre significa repetir lo mismo una y otra vez porque, cuando llegue el momento, tu hijo recordará tu voz.

    Algunas cosas que hacen que estas conversaciones sean un poco menos dolorosas:

    Haz preguntas en lugar de dar sermones. «¿Qué estáis viendo todos ahora mismo?», «¿Alguna vez te ha enviado un mensaje alguien que no conoces?». Esto es una conversación, no un sermón.

    Lo breve y frecuente es mejor que lo largo y anual. Una charla de tres minutos en el coche vale más que una gran discusión sentados una vez al año.

    Pon un ejemplo real. Si te enteras de alguna estafa, saca el tema: «Esto es algo que realmente ocurre. ¿Qué harías tú?».

    Mantén la calma. Si tu hijo te cuenta algo alarmante, intenta no mostrar lo alarmante que te parece. Si ve una reacción exagerada, se lo pensará dos veces antes de acudir a ti la próxima vez.

    Cosas en las que conviene ponerse de acuerdo de antemano

    Las normas que mejor funcionan son aquellas que habéis acordado juntos, no las que se imponen desde arriba.

    Una frase clave. Acordad algo que vuestro hijo pueda usar en un mensaje o una llamada si se siente amenazado pero no puede decirlo directamente. Una frase funciona mejor que una sola palabra: es más difícil decirla por error.

    La regla de «muéstramelo primero». Si llega algo sospechoso, no respondas, no lo borres, enséñaselo a tus padres. Una captura de pantalla es una prueba.

    No ceder ante el chantaje. Si alguien amenaza con compartir algo vergonzoso, pagar o ceder solo empeorará las cosas. Lo correcto es contárselo a un padre o madre inmediatamente. Puede parecer que todo está arruinado. No lo está. Estas situaciones tienen solución: hay profesionales, hay opciones legales y tú estarás de su lado pase lo que pase.

    Cuándo y dónde se permite el uso de pantallas. Establecer límites claros y predecibles reduce los conflictos y ofrece a todos un punto de referencia.

    Lo que puedes hacer hoy

    Pregúntales por su vida en Internet —qué les gusta, qué usan los demás— y simplemente escucha. Esa es la base de todas las conversaciones que vendrán después.

    Prueba con un pequeño escenario: «Alguien te envía un mensaje para decirte que has ganado un teléfono nuevo. ¿Qué haces?». Habladlo juntos, sin juzgar.

    Inventad una frase clave, ahora mismo, como algo divertido. Anotadla.

    Revisa la configuración de privacidad de su teléfono y sus cuentas en redes sociales —juntos, no sin ellos—.

    Configura los controles parentales si aún no lo has hecho y explícale a tu hijo en qué consisten y por qué están ahí, incluyendo cuándo tienes pensado dejarlos de usar.

    El objetivo no es controlar. Se trata de que el niño sepa que, si algo sale mal en Internet, hay un adulto al que puede acudir sin miedo a lo que pueda pasar después.

  • La vida escolar: el acoso y los conflictos

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    Cómo hablar con tu hijo sobre ello, a qué debes prestar atención y cuándo intervenir

    Los niños pasan la mayor parte de su vida en el colegio, donde aprenden a hacer amigos, a socializar y a lidiar con situaciones difíciles. A veces, los niños se enfrentan en el colegio a problemas que solo los adultos pueden resolver: entre ellos se incluyen el acoso escolar y los conflictos graves.

    Conflictos y acoso escolar: cómo distinguirlos

    Los pequeños conflictos escolares son habituales. A través de ellos, los niños aprenden a defenderse y a marcar sus límites. El acoso escolar es diferente. Se trata del acoso sistemático a un solo niño que se repite una y otra vez. No desaparece por sí solo, y el niño no puede afrontarlo sin ayuda.

    Tipos de acoso escolar

    Físico: golpes, daños a las pertenencias, tocamientos no deseados;

    Verbal: insultos, amenazas, bromas sobre el aspecto físico, el origen o la religión;

    Social: exclusión, aislamiento, chismes, rumores falsos.

    Cómo saber si un niño tiene problemas en el colegio

    Es posible que los niños no hablen directamente de sus sentimientos, pero su lenguaje corporal y su comportamiento suelen delatarlos. Esto es lo que hay que tener en cuenta:

    Renuncia a ir al colegio. Retrasos habituales, quejas de malestar y peticiones de quedarse en casa, o negarse a ir a las excursiones escolares, especialmente si esto no era habitual antes.

    Irritabilidad, cansancio y bajón en las notas. Un niño que está pasando por un mal momento suele desquitarse con sus seres queridos y pierde interés por el colegio y sus aficiones, no porque se haya vuelto más vago, sino porque algo más le está quitando toda su energía.

    Pedir dinero y mostrarse reacio a explicar por qué. El acoso suele ir acompañado de extorsión. Si un niño pide dinero cada vez con más frecuencia, pero evita dar explicaciones, eso es una señal de alarma.

    Negativa a ir a determinados lugares. El camino al colegio, el gimnasio, el patio del colegio… Es posible que el niño evite los lugares en los que se siente vulnerable, sin explicar por qué.

    Trastornos del sueño que duran varias semanas. No pueden conciliar el sueño, se despiertan por la noche o tienen dificultades para levantarse por la mañana. Si esto lleva sucediendo varios días o semanas, vale la pena hablarlo.

    Hematomas, cortes, objetos rotos. Los niños se caen y se pelean; eso es normal. Lo que debería ser motivo de preocupación es la recurrencia: siguen apareciendo marcas y el niño no quiere o no puede explicar de dónde vienen.

    Cada uno de estos indicios por sí solo no significa necesariamente nada. Pero si varios de ellos aparecen a la vez, hay que vigilar de cerca al niño y, tal vez, hablar con él.

    Cómo iniciar la conversación

    Si algo te parece raro, no esperes a que el niño acuda a ti. Elige un momento tranquilo, no justo después del colegio ni cuando estéis de camino a algún sitio. Empieza con una observación: «Me he dado cuenta de que últimamente llegas a casa cansado. Quiero saber si todo va bien». Esto le da al niño espacio para abrirse.

    Qué hacer si el niño niega que haya un problema

    A veces, un niño dice «todo va bien» incluso cuando es obvio que no es así. No es que mienta necesariamente: tal vez tenga miedo de que las cosas empeoren, se sienta avergonzado o, simplemente, no sepa cómo explicarlo. En esta situación, no le presiones ni intentes obligarle a confesar. En su lugar, hazle saber que estás ahí para él y que no tienes prisa: «Vale, te entiendo. Cuando quieras hablar, aquí estaré». Y mantente atento a lo que ocurre.

    Qué hacer si, después de todo, se trata de acoso

    Lo primero y más importante: libera al niño de cualquier sentimiento de culpa. Necesita saber que no es culpa suya y que esto le podría haber pasado a cualquiera. Dile directamente: «Me alegro de que me lo hayas contado. Te creo. No es culpa tuya. Te ayudaré».

    Habla con tu hijo. Muéstrale que lo que está pasando no es normal: «Esto no debería estar pasando, y vamos a solucionarlo». Ayúdale a adoptar una actitud segura: la espalda recta, la cabeza alta y la mirada tranquila. No responder a las provocaciones también es una forma de actuar. No seas el primero en iniciar una pelea. Documenta todo: capturas de pantalla, fotos, fechas.

    Habla con el colegio. Acude al profesor con datos concretos sobre lo que ocurrió, cuándo y quién estaba presente. Mantén la calma y concéntrate. Acuerda qué medidas se tomarán y en qué plazo. Si nada cambia, acude al director.

    Si la escuela no actúa, eleva el asunto al distrito escolar, a la autoridad educativa local o, si es necesario, a las fuerzas del orden. Cambiar de escuela o de clase es el último recurso, y conviene saber que no resuelve automáticamente el problema. La misma dinámica puede seguir al niño a un nuevo entorno.

  • Dejar a tu hijo solo en casa

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    Reglas sencillas para cuando no estás

    Para muchos padres, dejar a un niño solo en casa es tan angustioso como dejarle salir a jugar solo.

    ¿Y si alguien llama al timbre? ¿Y si ocurre algo dentro de casa? Esta ansiedad es comprensible. Pero puedes aliviarla hablando con tu hijo de antemano sobre unas reglas claras y practicando un poco.

    Cuándo tu hijo está listo para quedarse solo en casa

    No hay una edad «adecuada»: lo que importa es cómo se comporta tu hijo en casa. Lo más probable es que puedas empezar con periodos cortos si tu hijo:

    • no tiene miedo de quedarse solo, ni siquiera por poco tiempo;
    • sabe cómo llamarte;
    • entiende las normas básicas de seguridad;
    • puede entretenerse sin necesidad de supervisión constante;
    • no tiende a hacer experimentos peligrosos (por ejemplo, con la cocina o los electrodomésticos).

    Cómo empezar a dejar a tu hijo solo

    No hay necesidad de irse enseguida. Tanto tú como tu hijo necesitáis tiempo para acostumbraros a esta nueva experiencia. Empieza con periodos cortos: de 10 a 15 minutos. Por ejemplo, entra un momento en la tienda de al lado o saca al perro a dar un paseo rápido.

    Aumenta el tiempo poco a poco: primero entre 10 y 15 minutos, luego entre 20 y 30, y después una hora. Las primeras veces, también podéis acordar manteneros en contacto; por ejemplo, llamaros dentro de 10 minutos.

    Y una cosa más: es mejor hablar de antemano sobre lo que hará tu hijo mientras tú no estás. Elaborad un plan juntos e incluid cosas como hacer los deberes, ver dibujos animados o jugar a juegos tranquilos. Esto os ayudará a ambos a estar más tranquilos.

    La regla principal: no abras la puerta

    Esta es una regla básica que merece una mención aparte.

    Tu hijo no debe abrir la puerta a nadie que no sean sus padres. Ni siquiera si los visitantes dicen ser repartidores, vecinos, «amigos de los padres» o afirman tener un asunto urgente.

    Tu hijo puede optar por no entablar conversación o decir a través de la puerta: «No puedo abrir la puerta; por favor, llame a mis padres».

    Qué hacer si alguien llama al timbre o llama a la puerta

    Repasa este sencillo plan:

    • No abras la puerta;
    • No digas que estás solo en casa;
    • Llama a tus padres;
    • Si es necesario, llama al 911.

    Es importante explicarle a tu hijo que, si no abre la puerta, no pasará nada malo y no hará daño a nadie. El repartidor puede dejar el paquete en la puerta, y los amigos de la familia pueden esperar a que vuelvan los padres. La seguridad de tu hijo debe ser lo primero antes que cualquier otra cosa. Es mejor no abrir la puerta a alguien que conoce que acabar en una situación peligrosa.

    El teléfono es la principal herramienta de seguridad

    Comprueba con antelación:

    • que tu hijo sepa cómo llamarte
    • sabe cómo contestar llamadas
    • entiende a quién más puede llamar (abuela, vecino, familiares)
    • el teléfono está cargado

    Puedes crear con antelación una lista de contactos de confianza a los que tu hijo pueda llamar en caso de peligro. Guarda sus números en el teléfono de tu hijo y asegúrate de que sepa cómo y a quién llamar.

    También puedes acordar con tu hijo que os pondréis en contacto a intervalos regulares, por ejemplo, cada 15 minutos.

    Cosas que hay que evitar

    Habla con tu hijo sobre una lista de cosas que no debe hacer mientras tú no estés. 

    Por ejemplo:

    • no encender la cocina ni el horno;
    • no utilizar aparatos eléctricos complejos sin permiso;
    • no abrir las ventanas ni subirse a los alféizares;
    • no salir de la casa sin permiso;
    • no abrir la puerta ni hablar con extraños.

    Si algo sale mal

    Es importante dar a tu hijo un plan de acción claro. Si se asusta o pasa algo, puede:

    • llamar primero a sus padres;
    • ponerse en contacto con un círculo de personas de confianza;
    • pedir ayuda a los vecinos que conozca;
    • si eso no funciona, llamar al 911.

    Y asegúrate de hacer hincapié en lo más importante: es mejor llamar por si acaso que no llamar cuando sería necesario.

    Consejos prácticos: cómo preparar a tu hijo

    La mejor forma de reforzar los conocimientos es mediante la repetición sencilla. Esto es lo que puedes hacer:

    Repasa diferentes situaciones

    • «¿Qué harás si alguien llama al timbre?»
    • «¿Y si se va la luz?»

    Practica con el teléfono

    Deja que tu hijo marque los números necesarios por sí mismo.

    Haz una lista de contactos

    Déjala en un lugar visible y enséñale a tu hijo dónde está.

    Organiza una «prueba de práctica»

    Sal durante 10-15 minutos y observa cómo se las arregla tu hijo.

    Antes de salir

    Una lista rápida:

    • tanto tu teléfono como el de tu hijo están cargados;
    • tu hijo sabe adónde vas y cuándo volverás;
    • tiene una lista de contactos de confianza;
    • has hablado con él sobre lo que puede y no puede hacer.
  • La primera vez que sale solo

    Время на прочтение: 4 минут(ы)
    Cómo preparar a tu hijo para su primer paseo solo y dejarlo ir sin preocuparte

    Dejar que tu hijo salga solo puede dar miedo, sobre todo si es la primera vez. Aunque entiendas que es algo natural en el proceso de maduración y que todos sus amigos ya salen por ahí sin adultos, es posible que sigas preocupándote. Para aliviar la ansiedad de los padres, puedes preparar a tu hijo para su primera salida en solitario y asegurarte de que conoce las normas básicas de seguridad en la ciudad.

    Cómo saber si tu hijo está preparado

    No hay una edad concreta en la que los niños estén preparados para salir solos. Debes fijarte en el comportamiento y las características individuales de cada niño.

    Lo más probable es que un niño esté listo para salir solo por primera vez si:

    • sabe cómo volver a casa;
    • sabe cómo usar un teléfono y puede llamarte;
    • entiende las normas básicas de seguridad;
    • sabe decir «no» a un adulto;
    • te avisa si sus planes cambian.

    Si aún no ha desarrollado estas habilidades, es normal. Significa que debes prestar atención a estos temas y trabajar en ellos con más detalle.

    Cómo actuar ante desconocidos

    Los niños tienen mucha menos experiencia que los adultos. Por eso no siempre saben distinguir si una situación es peligrosa o no. Y no siempre pueden reconocer a una persona peligrosa entre los desconocidos.

    Por eso es importante explicarles que los adultos peligrosos pueden parecer perfectamente normales. Pueden ir bien vestidos, ser educados y decir que conocen a tus padres. Por eso, hay que prestar atención no solo a su aspecto, sino también a su comportamiento.

    A qué hay que prestar atención de inmediato

    Explícale a tu hijo que estas son señales de alerta:

    • Un adulto te pide que mantengas la conversación en secreto;
    • Un adulto te mete prisa y no te da tiempo a pensar;
    • Dice «Mamá ha dicho que no pasa nada», pero tú no sabes nada al respecto;
    • Te pide que le lleves a algún sitio o que le enseñes algo;
    • Te ofrece regalos, comida o una «sorpresa».

    Si ocurre alguna de estas cosas, lo mejor es marcharse inmediatamente y llamar a tus padres.

    Normas para interactuar con desconocidos

    • Nunca te vayas con nadie que no conozcas. Explícales a tus hijos que este es un comportamiento normal que puede mantenerlos a salvo.
    • No ayudes a personas desconocidas en la calle. Insiste en que, si un adulto necesita ayuda, primero se la pedirá a otro adulto, no a un niño.
    • No confíes en un desconocido que finja conocerte. Advierte a los niños de que un secuestrador podría saber los nombres y apellidos de tu familia, pero eso no significa que se pueda confiar en él. En tal caso, deben ponerse en contacto con sus padres inmediatamente.
    • No subas a un coche con desconocidos. Bajo ninguna circunstancia, ni siquiera si llevan uniforme (como policías o bomberos), un niño debe subir a un coche con alguien que no conozca.
    • No subas a un ascensor con un desconocido. Enseña a tu hijo a decir: «Esperaré al siguiente ascensor», especialmente si no hay nadie más cerca.

    Otras cosas importantes que hay que enseñar a los niños

    • Informa a tus padres de tus planes y rutas. Enseña a tu hijo a comunicarte siempre cualquier cambio de planes durante el día. Si se cancela el servicio de acogida después del colegio, si van a casa de un amigo o si quieren tomar una ruta diferente para volver a casa desde el colegio, los padres deben saberlo.
    • Aprende las normas de tráfico. Asegúrate de que tu hijo sepa cómo cruzar la calle y no se adentre corriendo en la carretera mientras juega.
    • Grita y pide ayuda. En caso de peligro, llama inmediatamente la atención de quienes te rodean y grita fuerte: «¡No te conozco! ¡Ayuda!».
    • Corre hacia un lugar donde haya mucha gente. Por ejemplo, ve a una tienda o a una farmacia.
    • Llama a tus padres o al número de emergencias 911 si no hay cobertura móvil o no hay otra forma de contactar con ellos.

    Lo que puedes hacer ahora mismo

    • Practica estas situaciones. Habla con tus hijos sobre las reglas descritas anteriormente y repásalas con regularidad. Por ejemplo, pregúntales: «¿Qué harías si alguien te pidiera que le ayudaras a encontrar un cachorro?».
    • Practicad juntos la frase: «¡No te conozco y no voy a hablar contigo!». Explícales que un adulto responsable lo entenderá y no se ofenderá.
    • Crea un círculo de confianza. Guarda los números de teléfono de personas de confianza en el móvil de tu hijo y habla con él sobre qué familiares y conocidos concretos pueden recogerle del colegio o de las actividades extraescolares.
    • Muestra a tu hijo a las personas a las que puede acudir en busca de ayuda. Estas pueden ser agentes de policía, guardias de seguridad, empleados de parques o tiendas, o mujeres con niños.
    • Enseña a tu hijo el gesto internacional para pedir ayuda. El gesto se hace con la mano: la palma está abierta, el pulgar se presiona contra el centro de la palma y, a continuación, los demás dedos se cierran en forma de puño varias veces. Este gesto se utiliza si, por alguna razón, no es posible pedir ayuda en voz alta. Por ejemplo, si el niño está junto a un secuestrador y tiene miedo de llamar la atención.
    • Acordad una palabra clave. Inventad con vuestro hijo una palabra secreta que solo conozcáis vosotros y vuestros seres queridos. Si alguien dice: «Me envía tu madre», tu hijo debería pedirle la palabra clave. Si la persona no la sabe, es motivo para marcharse inmediatamente y llamar a sus padres.

    Lista de comprobación antes de salir

    Salir solo es una habilidad que se desarrolla con el tiempo. Cuanto más claras sean las reglas para tu hijo, más tranquilo te sentirás. Empieza con recorridos cortos y familiares cerca de casa, ampliando poco a poco el radio de acción.

    Antes de salir, puedes comprobar rápidamente:

    • que el teléfono de tu hijo esté cargado;
    • que sepa exactamente adónde va y a qué hora volverá;
    • que hayáis acordado cuándo se pondrá en contacto contigo;
    • que hayáis hablado de la ruta.
  • Qué hacer si un niño grita «¡Te odio!»

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    A veces incluso el niño más cariñoso puede decir: «¡Te odio!». Duele, sobre todo cuando intentas ser un padre o una madre atento y comprensivo. Pero es importante recordar que, en esos momentos, el niño no habla de tu valor, sino de sus sentimientos: intensos, difíciles de controlar y a menudo aterradores incluso para él mismo.

    Por qué los niños dicen «Te odio»

    Estas palabras son una señal de emociones fuertes. Los niños de 7 a 12 años pueden decirlo cuando están cansados, se enfrentan a nuevas normas o no saben expresar de otra manera la rabia o el resentimiento.

    Los adolescentes de 13 a 17 años usan esta frase con más frecuencia como parte de la protesta, del deseo de ser escuchados o de mostrar independencia. Detrás del «odio» casi siempre hay dolor, confusión, rabia o sensación de impotencia.

    Lo que es importante recordar como padre o madre

    Intenta no tomártelo como algo personal. Estas emociones no hablan de ti. El niño no te está dando una valoración objetiva ni te está rechazando como padre o madre; está expresando sentimientos que no sabe manejar: enfado, ofensa, miedo, decepción.

    Cómo responder, paso a paso

    Cuando un niño dice «Te odio», es importante no ofenderse, sino mostrar que estás ahí. Así puedes actuar:

    1. Mantén la calma
      Aunque por dentro haya una tormenta, intenta hablar con un tono tranquilo, sin dureza. Tu calma ayuda al niño a sentirse seguro: «No me han rechazado, incluso cuando estaba furioso».
    2. Haz una pausa
      Si no sabes qué decir, no pasa nada. El silencio y unas cuantas respiraciones profundas a menudo funcionan mejor que respuestas impulsivas.
    3. Apoya con palabras
      Cuando te sientas preparado para hablar, di frases que reconozcan los sentimientos del niño sin alimentar el conflicto:

      • «Ahora estás muy enfadado. Te escucho».
      • «Siento que te sientas tan mal».
      • «Te sigo queriendo».
      • «Estoy aquí».
      • «Entiendo que ahora te resulte difícil».

    Qué no conviene hacer

    En estos momentos es fácil dejarse llevar por la herida, la rabia o la confusión. Pero la reacción del adulto puede intensificar el conflicto o, por el contrario, ayudar a apagarlo. Evita:

    • Gritar o responder emoción con emoción — solo aumenta la tormenta;
    • Acusar: «¿Cómo puedes decir eso?»;
    • Ofenderte: frases como «Entonces yo también…» solo crean más distancia;
    • Exigir disculpas inmediatas: dale tiempo al niño para calmarse y comprender sus palabras;
    • Dar sermones: en un pico emocional el niño no escucha lecciones, necesita comprensión y presencia.

    Cómo ayudar al niño a manejar emociones intensas

    La frase «Te odio» suele aparecer donde faltan palabras, habilidades y un apoyo interno sólido. Por eso es importante no solo reaccionar con calma en el momento, sino también enseñar poco a poco al niño a vivir sus emociones de otra manera.

    Puede ayudar:

    • Poner nombre a las emociones: «Parece que estás enfadado», «Eso pudo dolerte».
    • Hablar de tus propias emociones: «Me sentí triste porque…», «Me preocupé cuando…».
    • Hablar de sentimientos en momentos tranquilos: películas, historias o situaciones compartidas son buenas oportunidades.
    • Confirmar que las emociones son normales: no todo comportamiento es aceptable, pero las emociones no son motivo de vergüenza.

    Con el tiempo, el niño entenderá que puede hablar directamente de lo que siente. Y en lugar de «Te odio», empezará a decir «Estoy muy enfadado» o «Me siento herido».

    Detrás de las palabras más duras a menudo se esconde una pregunta: «¿Sigues aquí conmigo?». Una respuesta llena de calma y aceptación es el verdadero apoyo.

  • ¿No quiere hacer los deberes? Esto puede ayudar

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    ¿Tu hijo protesta y se niega a sentarse a hacer los deberes? No te preocupes: es una situación común para muchos padres. Te contamos por qué los niños evitan los deberes y cómo ayudarles a implicarse en el estudio.

    Por qué los niños no quieren hacer los deberes

    Las razones pueden ser muchas. A veces son evidentes, pero con más frecuencia se esconden detrás de caprichos, cansancio o aparente indiferencia. Las más habituales son:

    • Ansiedad, estrés e inseguridad. Algunos niños tienen miedo de equivocarse o de no poder con la tarea, y por eso la evitan.
    • Procrastinación. Es una respuesta frecuente al exceso de carga o a la falta de confianza: el niño retrasa, pospone y busca distracciones. No por pereza, sino porque no sabe por dónde empezar o teme fracasar.
    • Tareas difíciles, poco claras o sin sentido. Si el niño no entiende qué se espera de él o no ve el propósito, la motivación baja. Y cuando hay demasiados deberes y poco descanso, incluso un buen estudiante puede agotarse.
    • Falta de rutina y estructura. Hacer los deberes cada día a una hora distinta, sin un plan claro, dificulta concentrarse y empezar.
    • Factores que distraen. Juegos, dispositivos y el típico «un minutito más» impiden cambiar al modo estudio. La concentración disminuye y hasta una tarea sencilla puede generar rechazo.

    Qué definitivamente no ayuda

    A veces los padres, cansados y preocupados, recurren a estrategias que parecen lógicas, pero que en realidad empeoran la situación:

    • gritos, presión y control excesivo, que aumentan la ansiedad en lugar de resolver el problema;
    • premios y recompensas, que pueden reducir la motivación interna, sobre todo si se usan de forma constante.

    Aunque el niño se siente a hacer los deberes por miedo al castigo, eso no significa que se sienta mejor o más tranquilo — a menudo ocurre lo contrario.

    Cómo ayudar de verdad con los deberes

    Cuando el niño se niega a hacer los deberes, es importante no intensificar el conflicto, sino crear las condiciones para que pueda lograrlo. Estas estrategias suelen funcionar:

    • Convertir los deberes en un ritual habitual, siempre a la misma hora y en el mismo lugar, por ejemplo en la mesa de la cocina.
    • Empezar juntos: «Veamos juntos qué hay que hacer». Esto reduce la ansiedad y facilita el inicio.
    • Tener en cuenta los intereses del niño: si algo le resulta interesante, tendrá más ganas de hacerlo.
    • Dividir las tareas grandes en pasos pequeños y hacer pausas.
    • Elogiar el esfuerzo, no solo el resultado: «Has empezado, y eso ya es un paso importante».
    • Estar cerca, sin necesidad de controlar: basta con estar disponible.
    • Hablar con el profesor si los deberes parecen excesivos. El docente es un aliado, no un enemigo.
    • Buscar apoyo adicional si una asignatura resulta especialmente difícil: un tutor puede ayudar a entender mejor y reducir la ansiedad.

    Además, es importante crear un espacio cómodo para estudiar: una silla y una mesa adecuadas a su altura, luz suave y pocas distracciones. Propón que el niño personalice su lugar de estudio con pegatinas, dibujos o material escolar favorito; así se sentirá dueño del espacio y le resultará más fácil concentrarse.

    Si las dificultades continúan

    Si el rechazo a los deberes es constante y va acompañado de ansiedad, llanto o irritabilidad, conviene hablar con un psicólogo y comprobar si existen dificultades ocultas: problemas de autoestima, atención o comprensión.

    Según los estudios, la ansiedad, el estrés, la procrastinación, el exceso de carga y la sensación de fracaso son causas frecuentes del rechazo a los deberes escolares. Pero el apoyo y la adaptación de las exigencias realmente ayudan.

    Lo más importante no es luchar, sino estar a su lado.

  • Errores frecuentes que alejan al adolescente de ti

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    La adolescencia es una etapa en la que el hijo cambia, se distancia de los padres, intenta establecer límites personales y tomar decisiones propias. En este periodo es fácil equivocarse, incluso cuando las intenciones son las mejores.

    Estos son los errores más comunes que cometen muchos padres.

    Desvalorizar los sentimientos del adolescente

    Frases como «eso no es un problema», «te lo estás imaginando» o «ya se te pasará» solo aumentan la sensación de soledad. Los adolescentes viven las emociones con mucha intensidad y necesitan sentir que los adultos están dispuestos a escucharlos y comprenderlos.

    Mejor: reconocer sus emociones y mostrar empatía, aunque te parezcan exageradas.

    Intentar controlarlo todo

    Un control rígido sobre la apariencia, los estudios, los amigos o los dispositivos suele provocar resistencia y agravar los conflictos. El adolescente necesita aprender a elegir y a asumir las consecuencias.

    Mejor: hablar juntos sobre las reglas, explicar los motivos de las prohibiciones y dar más libertad en ámbitos seguros.

    Falta de confianza

    Las sospechas, revisar mensajes o leer diarios destruyen la confianza. Es más importante construir una relación en la que el adolescente acuda por sí mismo a pedir apoyo.

    Mejor: respetar su espacio personal y fomentar una comunicación abierta y honesta, sin presión.

    Disciplina excesiva o demasiado permisiva

    Demasiadas prohibiciones llevan a que se rompan; la ausencia de límites puede generar ansiedad y confusión. El equilibrio entre reglas y libertad es la base de la estabilidad emocional.

    Mejor: establecer límites claros, acordar reglas y cumplirlas.

    Críticas públicas y comparaciones

    «¿Por qué no puedes ser como tu hermano?», «Te ves fatal», «Me da vergüenza salir contigo» dañan la autoestima, sobre todo si se dicen delante de otras personas.

    Mejor: tratar los temas difíciles en privado y con respeto por los sentimientos del adolescente.

    Ignorar el proceso de crecimiento

    Seguir tratando al adolescente como a un niño — prohibiendo lo que ya es apropiado o exigiendo explicaciones por cada paso — hace que sienta que su madurez no es respetada.

    Mejor: dar más autonomía y reconocer su opinión.

    Expectativas sin diálogo

    «Tienes que estudiar medicina», «Vas a aprender inglés porque yo lo digo»: imponer planes de vida sin preguntar genera distancia y protesta.

    Mejor: hablar de sus planes y deseos, buscar compromisos y apoyar sus elecciones.

    Los errores forman parte del camino, especialmente cuando un hijo crece. Pero el diálogo cálido, el respeto y la disposición a escucharse mutuamente ayudan a atravesar la adolescencia con confianza y apoyo mutuo.

  • 7 errores que cometen casi todos los padres

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    Los errores les ocurren a todos: son una parte natural de la crianza. Sin embargo, algunos se repiten con especial frecuencia y pueden impedir que el niño se sienta seguro, aprenda a ser independiente y crezca feliz.

    Te contamos a qué conviene prestar atención si tu hijo tiene entre 7 y 11 años.

    1. Comparaciones con otros niños

    «Irina ya hace los deberes sola», «Mira qué ordenada es la letra de Egor»: parece motivador, pero en realidad las comparaciones desvalorizan el esfuerzo del niño y generan ansiedad.

    Es mejor fijarse en el progreso individual y elogiar acciones concretas.

    2. Incoherencia en las exigencias

    Hoy hay un reproche por el desorden en la habitación y mañana no se dice nada. El niño se confunde y no entiende qué es importante y qué no.

    Las reglas claras, comprensibles y estables dan una sensación de previsibilidad y seguridad.

    3. Control excesivo

    Cuando los adultos controlan cada paso — desde los deberes hasta la ropa — el niño no aprende a tomar decisiones. Esto dificulta el desarrollo de la autonomía y la responsabilidad.

    Es importante ir cediendo poco a poco más libertad y enseñar al niño a afrontar las consecuencias de sus elecciones.

    4. Ignorar las emociones

    Frases como «no llores», «no pasa nada» o «son tonterías» invalidan los sentimientos del niño.

    Puede empezar a pensar que sus emociones son incorrectas. En lugar de eso, conviene reconocerlas — «Veo que estás triste» — y ofrecer apoyo.

    Por ejemplo, si el niño vuelve de la escuela triste y dice que nadie jugó con él en el recreo, se puede decir: «Parece que te sentiste solo. Lo entiendo, es desagradable. ¿Quieres que lo hablemos?».

    5. Criticar a la persona y no la conducta

    «Eres perezoso», «Eres muy distraída»: estas palabras construyen una imagen negativa de sí mismo.

    Es mejor hablar de la acción concreta: «Olvidaste apagar la luz» en lugar de «Siempre te olvidas de todo».

    6. Elogios inapropiados o ausencia de elogios

    Los elogios «porque sí» pierden valor. Y si solo se elogia el resultado y no el esfuerzo, el niño puede empezar a evitar tareas difíciles por miedo a equivocarse.

    Es mejor reconocer el esfuerzo, el progreso y la iniciativa, y decirlo en voz alta.

    Por ejemplo, en vez de un simple «¡Bien hecho!», se puede decir: «Pensaste mucho en el problema y no te rendiste; me gustó cómo lo resolviste».

    7. Expectativas demasiado altas o demasiado bajas

    Exigir un comportamiento adulto a un niño de siete años, o hacérselo todo a uno de diez, dificulta su desarrollo. Es importante tener en cuenta las características de cada edad y aumentar las exigencias de forma gradual.

    Lo principal es observar cómo nuestras acciones influyen en el niño y estar dispuestos a cambiar.

    Si te reconoces en algunas de estas situaciones, no es motivo para reprocharte nada: significa que ya estás haciendo lo más importante — estar cerca y saber escuchar.

  • ¿Cuánta actividad física necesita un adolescente según la ciencia?

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    La adolescencia es una etapa de tormentas emocionales y de grandes cambios, tanto internos como externos. En este periodo es especialmente importante mantener el cuerpo en movimiento: la actividad física fortalece la salud, ayuda a concentrarse y a sentirse más seguro de uno mismo.

    Te contamos cuánta actividad necesita un adolescente cada día y cómo incorporarla a la vida cotidiana.

    Por qué es importante que un adolescente se mueva

    Entre los 13 y los 17 años no solo cambia el cuerpo, sino también el estilo de vida: más estudio, más tiempo frente a las pantallas y menos movimiento natural. Comienzan los cambios hormonales, que pueden afectar al estado de ánimo, al bienestar y al nivel de energía.

    Los adolescentes se enfrentan al estrés, la inseguridad y el cansancio, y la actividad física regular ayuda a manejar todo esto. Reduce la ansiedad, mejora el ánimo y favorece un mejor descanso.

    Además, los adolescentes activos se concentran con más facilidad, recuerdan mejor la información y afrontan mejor las exigencias mentales.

    Recomendaciones de actividad física para adolescentes

    Según las recomendaciones de la Organización Mundial de la Salud, los adolescentes de 13 a 17 años necesitan:

    • al menos 60 minutos diarios de actividad física de intensidad moderada o alta;
    • al menos 3 veces por semana, ejercicios que fortalezcan los músculos y los huesos;
    • pasar el menor tiempo posible sentados, especialmente frente a las pantallas.

    Cómo incorporar la actividad física a la vida diaria

    La actividad física no tiene por qué ser deporte organizado o entrenamientos formales. Incluso sin clases o gimnasio, un adolescente tiene muchas maneras de moverse cada día. Lo más importante es encontrar algo que le guste y convertirlo en parte de su rutina.

    Algunas opciones:

    • caminar;
    • ir en bicicleta o en patinete;
    • evitar el ascensor y subir por las escaleras;
    • correr o entrenar al aire libre;
    • fútbol, baloncesto o voleibol;
    • tenis de mesa o tenis;
    • baile, parkour o danza;
    • entrenamientos en casa o en el gimnasio;
    • ayudar en casa, incluida la limpieza de la habitación;
    • trabajar en el huerto o el jardín;
    • excursiones y paseos en el parque o en la naturaleza, con amigos o en familia.

    Qué puede dificultar la actividad y cómo apoyar al adolescente

    A veces a un adolescente le cuesta mantenerse activo. La fatiga, la inseguridad, la falta de tiempo o de interés pueden ser obstáculos.

    Es importante no obligar, sino ayudarle a encontrar algo que realmente le motive. No tiene que ser un deporte: también pueden servir el baile, las caminatas o simplemente el hábito de moverse a pie.

    Los padres pueden apoyarle dando ejemplo, pero sobre todo evitando la presión. Hacerlo juntos, proponer, inspirar. El movimiento no va de notas ni de resultados, sino de energía, libertad y cuidado personal.