Автор: El equipo editorial de Findmykids

  • La familia: el primer trabajo en equipo del niño

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    La habilidad de trabajar en equipo no se forma en la universidad ni en el primer empleo: nace en la familia y en la escuela, en las situaciones cotidianas más simples.

    Hoy el niño discute con su hermano sobre quién lavará los platos. Mañana resuelve una tarea con sus compañeros de clase. Y dentro de unos años participa en un proyecto cuyo éxito dependerá de si sabe negociar y escuchar a los demás.

    Te contamos cómo ayudar a tu hijo a desarrollar esta habilidad en casa y fuera de ella.

    Por qué es importante enseñar a trabajar en equipo

    La capacidad de colaborar y resolver tareas en conjunto influye en muchos ámbitos de la vida. Las actividades compartidas desarrollan la inteligencia emocional, enseñan a expresar la propia opinión y a escuchar a los demás.

    Además, saber trabajar en equipo forma parte de las habilidades socioemocionales consideradas competencias clave en la educación del futuro.

    Las investigaciones también muestran que la participación en actividades organizadas, incluidas las de equipo, tiene un impacto positivo en la salud mental de los niños: reduce la ansiedad, aumenta la autoestima, fortalece las habilidades sociales y la resistencia al estrés, y disminuye el riesgo de sentirse excluido del grupo.

    Qué roles existen en un equipo

    En cualquier equipo hay un líder, un ejecutor, un generador de ideas, un analista y un mediador. Todos son igualmente importantes: uno dirige el proceso, otro propone soluciones originales, otro cuida el ambiente del grupo.

    Muéstrale al niño que los roles pueden cambiar según la situación: la misma persona puede ser líder en un proyecto y generador de ideas en otro. Cuantas más actividades compartidas tenga, más roles podrá probar.

    Cómo desarrollar habilidades de equipo fuera de casa

    Aquí pueden ayudar distintas actividades extraescolares y aficiones del niño.

    Juegos cooperativos

    Los juegos de mesa, en línea o móviles en equipo enseñan a los niños a negociar y tomar decisiones juntos. En Minecraft pueden construir una ciudad entera; en Roblox, inventar una misión; en Overcooked o It Takes Two, superar desafíos solo gracias al trabajo en equipo.

    Grupo musical

    Si el niño se inclina por la música, puede intentar formar una banda. Los ensayos, la creación conjunta de canciones y la discusión de ideas para un álbum son un excelente ejemplo de trabajo en equipo.

    Deportes de equipo

    Fútbol, voleibol, baloncesto, hockey: cualquier deporte en equipo enseña a escuchar y actuar de manera coordinada. Es imposible ganar en solitario; el resultado depende de todos.

    Estas actividades desarrollan no solo la forma física, sino también la confianza, la capacidad de llegar a acuerdos y el apoyo mutuo.

    Cómo fomentar el trabajo en equipo dentro de la familia

    Los “rituales de equipo” ayudan a consolidar la habilidad: una noche de cine semanal, pizza los viernes o paseos en el parque los sábados. El niño entiende que juntos no solo se resuelven tareas, sino que también se descansa y se disfruta.

    Tareas del hogar

    El hogar es un buen espacio para practicar el trabajo en equipo. Uno puede encargarse de recoger los juguetes, otro de poner la mesa, y los adultos asumir lo que requiere más experiencia. Incluso pueden organizar pequeños proyectos, como preparar la casa para una celebración o hacer una limpieza general.

    Es importante repartir las tareas de manera que cada uno aporte algo y que el niño vea que los adultos también participan, no solo dirigen.

    Cocina en equipo

    Cocinar también es un proyecto en equipo en el que todos pueden tener un papel: uno lava las verduras, otro corta, otro pone la mesa. Incluso un niño pequeño puede tener una tarea importante, como mezclar la masa o decorar el plato.

    Creatividad compartida

    Podéis inventar un cuento, montar una pequeña obra de teatro o crear un álbum con historias familiares. Estas actividades fortalecen el vínculo y ofrecen una valiosa experiencia de diálogo y colaboración.

    Cómo reflexionar sobre el resultado

    Después de una actividad conjunta, es útil hablar sobre ella. ¿Qué salió especialmente bien? ¿Dónde podrían haberse distribuido los roles de otra manera? ¿Quién sorprendió con su iniciativa?

    Estas conversaciones ayudan a los niños a aprender a dar retroalimentación: hablar con sinceridad, pero sin herir, y escuchar la opinión de los demás.

    Lo importante a recordar

    La habilidad de trabajar en equipo no aparece de inmediato: necesita tiempo. Cuando el niño aprende a escuchar, tomar decisiones en conjunto y no temer a los errores, se vuelve más seguro y tranquilo.

    Apoya estos pasos. Si en casa los niños ven que los adultos saben dialogar y ayudarse mutuamente, les será más fácil hacer lo mismo en la escuela y con sus amigos.

  • ¿Rescatar o no rescatar cuando el niño “se abuuurre”?

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    Seguro que ya lo han escuchado: apenas terminan los dibujos animados y en casa suena un largo «Me abuuurro». El niño camina por el apartamento sin saber qué hacer y vuelve a pedir que enciendan la pantalla.

    Pero el aburrimiento no es solo una pausa entre actividades. Es un espacio en el que el niño tiene la oportunidad de inventar algo propio.

    Veamos por qué los niños de 7 a 12 años se aburren con frecuencia y cómo podemos acompañarles en este sentimiento.

    ¿Por qué los niños se aburren?

    El aburrimiento aparece cuando el mundo que los rodea pierde temporalmente su novedad y todavía no hay suficientes ideas internas. Entre los 7 y los 12 años siguen formándose la capacidad de regular las emociones y planificar acciones. A esta edad, aburrirse es completamente normal.

    A los niños de primaria aún les falta experiencia para inventar rápidamente cómo entretenerse. Se aburren porque todavía están aprendiendo a gestionar su atención, a “cambiar de actividad” por sí mismos o porque no saben qué hacer cuando nadie les entretiene.

    Por qué es importante no ignorar el aburrimiento

    El aburrimiento en sí mismo es un estado natural. Pero si el niño solo sabe afrontarlo con dispositivos electrónicos o pidiendo entretenimiento constante, con el tiempo puede resultarle más difícil encontrar actividades por sí mismo. Esto puede afectar su iniciativa, su capacidad de estar a solas y de buscar ocupaciones sin ayuda externa.

    Cuando el niño se enfrenta con frecuencia al aburrimiento pero no encuentra maneras de manejarlo por sí solo, puede resultarle más difícil regular sus emociones y mantener el interés.

    Puede volverse más irritable o pasivo, terminar menos tareas y evitar la soledad. Además, puede no tener claro qué desea realmente. Por eso es importante enseñarle a vivir el aburrimiento, no a evitarlo.

    Cómo ayudar al niño a superar el aburrimiento

    Reconoce el aburrimiento

    Aburrirse es normal. No lo minimices diciendo: «¿Aburrido? ¡Eso es genial!». Mejor di: «Te estás aburriendo. A veces pasa». Esto le da apoyo y reduce la ansiedad.

    No ofrezcas una solución de inmediato

    Da una pausa. En lugar de dar ideas listas,preguntea: «¿Qué podrías inventar tú?». Esto activa el pensamiento y la iniciativa.

    Fomenta tareas creativas

    Lego y otros juegos de construcción, manualidades, dibujo, escribir cuentos o cómics, experimentos, juegos con reglas. Todo esto ayuda al niño a crear sus propias actividades y a confiar en sus ideas.

    No le rescates cada vez

    Aunque el niño camine por la casa diciendo: «¡No se me ocurre nada!», dale tiempo. A veces el aburrimiento es solo un momento de transición entre la inactividad y la acción, y es importante que lo atraviese por sí mismo.

    Crea una lista “antiaburrimiento”

    Sentaos juntos y escribid de 10 a 15 ideas de cosas que se pueden hacer. Incluid actividades sencillas y creativas. La lista puede colocarse en el refrigerador o guardarse en un cajón.

    Para ayudar al niño a aprender a encontrar actividades por sí mismo, podéis preparar con antelación una lista de ideas. Esto le apoyará en momentos de aburrimiento y le mostrará que la elección está en sus manos.

    20 ideas para cuando hay aburrimiento

    1. Dibujar un cómic.
    2. Construir una casa con almohadas y mantas.
    3. Inventar un juego con reglas.
    4. Diseñar una tarjeta digital y enviarla a alguien querido.
    5. Hacer una tarjeta hecha a mano.
    6. Organizar una mini obra de teatro.
    7. Inventar acertijos para los padres.
    8. Ordenar cualquier cajón.
    9. Armar un rompecabezas o hacer un mosaico.
    10. Construir una pista para autos o canicas.
    11. Hacer un collage con recortes de revistas.
    12. Escuchar música y bailar.
    13. Buscar una receta sencilla y prepararla.
    14. Crear una decoración para la habitación.
    15. Inventar una historia y escribirla.
    16. Crear un escondite en la habitación y pensar cómo disimularlo.
    17. Diseñar una camiseta o pegatinas.
    18. Hacer una lista de lugares que le gustaría visitar.
    19. Inventar un personaje de cómic y dibujar su historia.
    20. Hacer un origami sencillo.

    Cuando el aburrimiento requiere atención

    Si el niño se aburre con frecuencia incluso en lugares nuevos y parece apático, irritable o triste, puede ser motivo para una conversación más atenta.

    Las investigaciones muestran que el aburrimiento frecuente en niños puede estar relacionado con dificultades para gestionar la atención, baja motivación o mayor ansiedad.

    En estos casos, conviene hablar con el pediatra o con un psicólogo infantil, quienes podrán ayudar a comprender las causas y apoyar al niño.

    El aburrimiento no es un error ni un fracaso. Es un espacio donde nacen ideas, intereses y recursos internos. Si hay un adulto cercano que no se asusta ante estas palabras, el niño aprenderá a gestionarlo. Y con el tiempo, incluso a hacerse amigo de él.

  • Cómo calmarse cuando dan ganas de gritar a los hijos

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    Hay momentos en que el comportamiento de un niño o adolescente provoca una fuerte irritación — y sientes cómo la tensión crece por dentro. Si te ha pasado, no estás solo.

    En este artículo no hay reproches, sino apoyo. Compartimos formas que ayudan a detenerse en un momento difícil.

    Qué hay detrás del grito

    El grito no habla de “mala crianza”, sino de cansancio, ansiedad o sobrecarga. El cerebro entra en modo de defensa y las emociones toman el control.

    Sentir esto es normal. Lo importante no es reprimir las emociones, sino aprender a vivirlas de manera consciente y cuidadosa.

    Por qué gritar no funciona

    Cuando se le grita a un niño, no escucha el mensaje, sino la amenaza. Los adolescentes suelen responder con agresividad o se encierran en sí mismos; los más pequeños se asustan.

    A veces puede parecer que después de un grito el niño “reacciona” y empieza a obedecer. Pero no es un comportamiento consciente, sino una respuesta al miedo.

    Las investigaciones muestran que en estas situaciones los niños obedecen por tensión interna y por evitar una nueva reacción, no porque hayan entendido en qué se equivocaron. Esto no desarrolla una autorregulación estable ni una comprensión real de los límites.

    El grito constante puede debilitar la confianza y la cercanía, provocar ansiedad, problemas de autoestima y de conducta.

    Según los estudios, los niños cuyos padres recurren con frecuencia a los gritos tienen más probabilidades de presentar conductas agresivas o retraídas, ansiedad, baja autoestima y mayor sensibilidad a la crítica. También les cuesta más controlar su comportamiento y construir relaciones con sus pares.

    Y gritar tampoco te ayuda a ti. Después de un estallido suelen llegar la culpa, la irritación y el cansancio. La buena noticia es que existen formas de manejar la tensión y mantener el vínculo con tu hijo.

    Qué hacer cuando quieres gritar: 7 maneras de ayudarte

    Cuando las emociones te desbordan, es difícil. Pero hay estrategias que ayudan a detenerse, recuperar el equilibrio y conservar el contacto con tu hijo.

    Hacer una pausa

    Incluso 10 segundos pueden cambiar el rumbo de una conversación. Sal de la habitación, date la vuelta, lávate la cara — cualquier acción que le dé a tu cuerpo la señal: “El peligro ha pasado”.

    Respirar y nombrar la emoción

    Decirte: “Estoy enfadada/o. Ahora me cuesta”. Cuando nombramos la emoción, el cerebro reduce su intensidad. No es debilidad, es una habilidad.

    Decirte “alto” y hacer algo sencillo

    Apoya ambos pies en el suelo y siente el contacto. Bebe un vaso de agua. Busca con la mirada algo tranquilo y neutral — por ejemplo, un objeto de color verde. Son acciones simples que te devuelven al “aquí y ahora”.

    Cambiar el foco del niño a ti

    En lugar de “¿por qué hace esto?”, pregúntate: “¿qué me está pasando ahora mismo?”. Esto cambia la acusación por el cuidado personal.

    Posponer la conversación

    Si sientes que pierdes el control, puedes decir: “Ahora estoy enfadada/o. Hablamos después”. No pasa nada si no lo resuelves todo en ese instante.

    Mantener el vínculo con palabras

    Incluso en medio de emociones intensas puedes decir: “Te quiero, pero ahora me cuesta. Volveré cuando esté más tranquila/o”. Así enseñas regulación emocional con tu propio ejemplo.

    Importante: no olvides agradecerte si lograste detenerte. Lo hiciste. Aunque hayas salido dando un portazo pero no gritaste — ya es un paso.

    ¿Y si no lograste detenerte?

    No tienes que estar tranquila/o siempre. Si perdiste el control, no es el fin.

    Puedes decir: “Perdón, perdí la calma, me fue difícil, pero no es tu culpa”. Esto ayuda a restaurar el vínculo y mostrar que estás presente. Los niños aprenden mejor cuando ven que un adulto reconoce su error y reconstruye el contacto.

    No es fácil ser adulto y mantener la calma cuando por dentro todo hierve. Pero lo estás intentando. Estás leyendo este texto — y eso significa que ya estás buscando una forma de estar junto a tu hijo y apoyarte también a ti en los momentos difíciles.

  • Por qué un adolescente muestra agresividad y qué hacer

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    Detrás de la agresividad del adolescente suelen encontrarse emociones intensas: ira, ansiedad, confusión o sensación de injusticia. Y no siempre puede expresarlas con palabras — por ese motivo se manifiestan en forma de gritos, brusquedad, susceptibilidad, conflictos…

    No significa que el adolescente tenga un problema psicológico. El comportamiento agresivo es un intento de manejar la tensión interna. Veamos de dónde viene la agresividad y cómo se puede trabajar con ella.

    Por qué los adolescentes se vuelven agresivos

    Entre los 10 y los 17 años el sistema nervioso de los adolescentes se reorganiza. Las emociones se vuelven más intensas y aún cuesta controlarlas. Entonces es cuando reaccionan con más fuerza al estrés y a la injusticia, sobre todo en las relaciones — en el colegio, con amigos, en casa o en línea.

    Detrás de un comportamiento aparentemente grosero suelen esconderse inseguridad, la sensación de no ser escuchado ni comprendido, o la necesidad de autonomía. Esto último es especialmente relevante entre los 13 y los 15 años.

    Qué puede desencadenar la agresividad

    El comportamiento agresivo no surge de la nada: siempre hay algo que lo provoca. Hay factores que pueden aumentar la tendencia:

    • Ambiente tenso en casa — críticas constantes, conflicto entre los padres, falta de apoyo.
    • Sensación de estar solo y no ser necesario — por ejemplo cuando le cuesta conectar con personas de su misma edad o no se siente parte del grupo.
    • Falta de sueño y agotamiento — mucha carga en los estudios, madrugones, ansiedad antes de los exámenes.
    • Problemas de autoestima — si el adolescente siente que no puede con algo, puede defenderse atacando.
    • Comparaciones constantes con otros y ganas de encajar — sobre todo en el mundo adolescente, donde importa ser “como todos” o “mejor que todos”.

    Todos estos factores se acumulan — y el estallido de emociones en forma de agresividad se convierte en la única forma de soltar tensión si no se ofrece otra.

    Qué pueden hacer los padres

    • No discutir en el momento del estallido — El cerebro bajo estrés no escucha argumentos. Mejor mostrar calma: “Estoy aquí. Hablemos cuando estés listo”.
    • Respetar la necesidad de autonomía — Hablad de las normas, explicad los motivos y pactad, en lugar de imponer. Los adolescentes siguen mucho mejor las reglas que les parecen justas.
    • Enseñar a manejar las emociones — Sirven las prácticas de respiración, la actividad física, la creatividad, llevar un diario.
    • Reforzar los esfuerzos — Incluso un pequeño paso es motivo de apoyo. “Hoy has intentado no explotar — lo he visto. Muy bien”.

    Cuándo pedir ayuda

    Si la agresividad se vuelve habitual, daña las relaciones, afecta al estudio o va acompañada de mucho aislamiento, conviene acudir a un psicólogo o psiquiatra. Ayudan:

    • la terapia cognitivo-conductual (TCC);
    • el asesoramiento familiar;
    • los programas de regulación emocional.

    La agresividad adolescente no es una condena, sino una señal de que el adolescente lo está pasando mal. Con apoyo y atención podéis atravesar juntos incluso la etapa más turbulenta.

    Fuentes:

  • ¡No solo “bien hecho”! Cómo elogiar correctamente a un adolescente

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    Los adolescentes parecen adultos, pero siguen siendo muy sensibles a la valoración. Algunos padres empiezan a elogiar menos, por miedo a “exagerar” y para dar más autonomía. Sin embargo, en esta etapa necesitan especialmente reconocimiento: el elogio les ayuda a sentirse vistos, valorados y respetados.

    Por qué es importante que los adolescentes escuchen palabras de reconocimiento

    En la adolescencia la autoestima es inestable: el cuerpo cambia, el círculo social se amplía y los apoyos internos aún se están formando. Puede parecer que el adolescente es indiferente a las palabras, pero muchas veces simplemente no muestra cuánto necesita sentirse notado.

    Los estudios muestran que los jóvenes que reciben pocos elogios tienen más probabilidades de desarrollar baja autoestima, ansiedad, inseguridad interna y menor motivación. Estas consecuencias pueden mantenerse incluso en la etapa adulta.

    Pueden sentir que nunca son “lo suficientemente buenos”, temer probar cosas nuevas y evitar errores o riesgos.

    Qué le aporta el elogio a un adolescente

    • Le ayuda a sentirse visto y aceptado. Es una forma de decir: “Veo tu esfuerzo”, “Te estoy prestando atención”, “Estoy contigo”.
    • Fomenta una motivación basada en metas personales, no en el miedo ni en las expectativas ajenas.
    • Construye un apoyo interno: la sensación de “yo puedo hacerlo”.
    • Pone el foco en el proceso y el esfuerzo, no solo en el resultado.
    • Ayuda a reconocer y comprender sus propias fortalezas.

    El elogio que no ayuda

    A veces el elogio puede no funcionar o incluso perjudicar, sobre todo si suena poco sincero, demasiado general o contiene un reproche oculto.

    Los adolescentes perciben fácilmente la falsedad y pueden interpretar esas palabras como presión, juicio o manipulación.

    Cómo NO elogiar

    • De forma automática: “Bien hecho”, “Muy bien”, “Estoy orgulloso de ti” — sin detalles, estas frases pierden rápidamente significado.
    • Solo por el resultado: “Un diez, perfecto”, “Por fin como debe ser” — ignoran el esfuerzo y el proceso.
    • Comparando con otros: “Eres mejor que tus amigos”, “Ya alcanzaste a Marta, muy bien” — debilita la confianza y genera tensión.
    • De manera exagerada: “¡Eres un genio!”, “Eres el más inteligente” — puede crear ansiedad por cumplir expectativas.
    • Con expectativas implícitas: “Ojalá siempre fuera así” — suena más a reproche que a elogio.
    • Con ironía o formalidad fría: “Vaya, hoy no has llegado tarde”, “Wow, qué logro” — los adolescentes perciben la agresividad pasiva.

    Este tipo de elogio no ofrece un verdadero apoyo interno. Enseña a depender de la evaluación externa más que del propio criterio. Es mejor hablar con claridad, sencillez y respeto sincero.

    Cómo elogiar correctamente a un adolescente

    Un elogio que funciona es el reconocimiento de un esfuerzo real. Para que ayude de verdad al adolescente a ganar confianza y notar su propio crecimiento, es importante seguir algunas reglas sencillas:

    • Sé específico. En lugar de “Muy bien”, explica qué te gustó: “Expresaste tu punto de vista con mucha claridad y aportaste buenos argumentos”.
    • Valora el proceso, no solo el resultado. Reconoce la constancia y el esfuerzo: “Trabajaste mucho en esto y se nota tu dedicación”.
    • Elogia la autonomía. Aunque el resultado no sea perfecto: “Tomaste la decisión por tu cuenta y la llevaste hasta el final”.
    • Evita las comparaciones. Mejor centrarse en el progreso personal: “Hablas inglés con más seguridad que antes”.
    • No elogies por rutina. Los adolescentes notan cuando las palabras se dicen por costumbre: “Como siempre, muy bien”, “Bueno, no está mal”, “Esta vez sin errores”. Con el tiempo, eso reduce la confianza en tus palabras.
    • Elogia no solo los éxitos. A veces es importante reconocer el intento, el esfuerzo o la honestidad: “Fuiste sincero al admitir que lo olvidaste, y eso requiere valentía” o “Intentaste entender un tema difícil, y eso ya es un paso adelante”.

    Este tipo de elogio ayuda al adolescente a reconocer sus fortalezas, apoyarse en sí mismo y no tener miedo de avanzar. Con el tiempo, se convierte en una voz interna de apoyo — tranquila y segura.

  • Si tienes un hijo varón: llorar también es cosa de hombres

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    «¡Ya basta! ¡Eres un niño!», «¿Por qué actúas como una niña?» — frases que muchos escuchan desde pequeños. A los niños varones a menudo se les enseña a ser fuertes en un sentido distorsionado: no mostrar emociones, no llorar, no quejarse. Pero la verdad es que todos tenemos sentimientos, y si a un niño no se le da el derecho a expresarlos, las consecuencias pueden durar mucho tiempo.

    Por qué a los niños se les enseña a reprimirse

    En nuestra cultura, ser hombre suele asociarse con ser contenido, imperturbable, “de hierro”. Estas expectativas aparecen en frases cotidianas, en las reacciones de los adultos y en los grupos de personas de la misma edad.

    Las lágrimas, el miedo o la tristeza se perciben como “no masculinos”, y el niño aprende que mostrar emociones es motivo de vergüenza.

    Pero esto no es una característica biológica: es algo que enseñamos. La represión emocional es una conducta que se forma bajo la presión del entorno. Y, por lo tanto, puede sustituirse por otra más saludable.

    Cómo la represión de las emociones afecta al niño — ahora y en el futuro

    Las investigaciones muestran que los niños que no reciben apoyo para expresar sus emociones enfrentan consecuencias a nivel psicológico, físico y relacional.

    Salud mental:

    • mayor riesgo de depresión, ansiedad y aislamiento emocional;
    • menor capacidad para reconocer y nombrar sus emociones;
    • dificultades para comprender lo que sienten y para pedir ayuda.

    Salud física:

    • mayor riesgo de enfermedades cardiovasculares e inflamación crónica;
    • trastornos de la conducta alimentaria y deterioro de la salud asociado al estrés por reprimir emociones;
    • tensión emocional acumulada que impacta en el cuerpo.

    Consecuencias sociales:

    • retraimiento, agresividad, distanciamiento;
    • dificultades para construir relaciones de confianza;
    • sensación de estar solo y de que nadie puede ayudar.

    Estos efectos están respaldados por numerosos estudios clínicos y longitudinales. Y lo más importante: no se trata de debilidad personal, sino de falta de apoyo y de la imposibilidad de expresar abiertamente los sentimientos.

    Cómo proteger al niño de los estereotipos

    Aunque intenten apoyar a su hijo, el entorno — familiares, conocidos, entrenadores, docentes — puede transmitirle mensajes opuestos.

    Así pueden reaccionar:

    • Marcar límites con suavidad y firmeza. Si alguien reprende a tu hijo, puedes decir con calma: «En nuestra familia es normal expresar emociones» o «No quiero que se sienta culpable por llorar».
    • Apoyar al niño de inmediato. Incluso si no pudiste intervenir en el momento, más tarde dile: «Tienes derecho a llorar. Estoy aquí y me importa cómo te sientes».
    • Hablar con las personas cercanas. Muchas veces estas frases se dicen por costumbre. Una conversación tranquila ayuda a explicar por qué es importante para ti que el niño pueda ser él mismo.
    • Fortalecer su apoyo interno. Ayúdalo a reconocer y nombrar sus emociones, a vivirlas con su acompañamiento y a ver que se puede salir adelante. Saber que en casa siempre le entienden y aceptan le permitirá no avergonzarse de lo que siente.

    Qué pueden hacer desde ahora

    Los padres no pueden cambiar el pasado del niño, pero sí influir en su presente y su futuro. El apoyo emocional no requiere técnicas complicadas, sino una presencia cotidiana cálida y comprensiva.

    Algunos pasos simples y eficaces:

    • No dividir las emociones por género. Los sentimientos no son “de niñas” o “de niños”. El miedo, la tristeza, la alegría o la ternura forman parte de la vida de cualquier persona.
    • No dividir las emociones en “buenas” y “malas”. La ira, los celos o el resentimiento no son emociones malas; son señales. En lugar de «no te enfades», mejor decir: «Te enfadas porque…» y buscar juntos una salida.
    • Ayudar al niño a hablar de sus emociones. Ponerles nombre, escuchar sin minimizar, estar presentes — no resolver, sino acompañar — genera seguridad.
    • Ser un ejemplo. Los niños aprenden más de lo que hacemos que de lo que decimos. Decir «Estoy triste» o «Estoy cansado» es normal. Así les damos permiso para vivir sus emociones con apertura.

    Las lágrimas son una forma de atravesar emociones intensas, no una señal de debilidad. Si permitimos que los niños estén en contacto consigo mismos, sientan y hablen, crecerán no “de hierro”, sino auténticos. Y esa es la verdadera fuerza.

  • ¡No obedece! ¿Es un problema o una etapa del desarrollo?

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    ¿El niño discute, ignora las peticiones, responde de forma brusca o hace justo lo contrario a propósito? En esos momentos es fácil pensar que algo no va bien con él — o que como mamá o papá habéis perdido el control.

    Pero la verdad es que el comportamiento de los niños de 7 a 12 años puede ser difícil y, al mismo tiempo, completamente normal. En este artículo veremos cuándo la “desobediencia” es una etapa del desarrollo y cuándo conviene prestar más atención.

    ¿Qué llamamos “desobediencia”?

    Con “desobediencia”, los padres suelen referirse a negarse a cumplir una petición, discutir, gritar, reaccionar con brusquedad, mostrarse categórico o ignorar las palabras de los adultos.

    Entre los 7 y los 12 años los niños realmente pueden comportarse así: discutir, expresar emociones de manera impulsiva, negarse a obedecer, reaccionar intensamente o cerrarse cuando reciben un comentario. Todo esto puede parecer un desafío, mala educación o incluso manipulación.

    Sin embargo, a menudo el comportamiento del niño está relacionado con razones concretas: cansancio o ansiedad, dificultad para manejar las emociones, deseo de poner a prueba los límites o necesidad de reconocimiento y respeto.

    Los niños aún están aprendiendo a comprender sus sentimientos y a expresarlos de forma segura. El comportamiento es su manera de comunicar su estado interno.

    Por qué es una etapa normal

    Entre los 7 y los 12 años el niño ya no es pequeño, pero tampoco es adolescente. Quiere ser independiente, tomar decisiones, pero todavía no siempre está preparado para asumir la responsabilidad de ellas. Intenta discutir, comprobar cuán firmes son las reglas y defender su opinión.

    Es normal:

    • insistir en su punto de vista;
    • no estar de acuerdo;
    • reaccionar emocionalmente;
    • decir lo que piensa, aunque sea de forma brusca.

    Este comportamiento forma parte del desarrollo de la personalidad y la autonomía. El niño aún no sabe regular todos sus impulsos, pero ya busca independencia. Es una transición compleja — tanto para él como para los padres.

    Qué hay detrás de un comportamiento difícil

    Cuando un niño se comporta con brusquedad o se niega a obedecer, no es “maldad”, sino una señal de que algo le resulta difícil. Puede sentirse:

    • ansioso por la escuela o los amigos;
    • abrumado por nuevas exigencias;
    • dolido porque siente que no le escuchan;
    • incapaz de expresar con palabras lo que siente.

    A veces basta con no hacer una pregunta rígida como: “¿Por qué vuelves a comportarte así?”, sino preguntar con suavidad: “¿Qué te está pasando?” — y el niño se abrirá.

    Cómo apoyar al niño

    A esta edad los niños siguen necesitando el apoyo de los padres, aunque por fuera intenten parecer independientes.

    Algunas estrategias que pueden ayudar:

    • Hablar con calma y claridad: a esta edad entienden matices, pero reaccionan mucho al tono.
    • Respetar los límites del niño: no significa permitir todo, sino reconocer su derecho a tener voz y emociones.
    • Ayudarle a identificar y nombrar sus sentimientos. Por ejemplo: “Parece que estás enfadado porque limité los dibujos animados, aunque estés de vacaciones. Entiendo que para ti es importante. Pero tenemos una regla: un poco de dibujos y luego otras actividades. Estoy aquí si quieres hablar.”
    • Establecer reglas claras y explicarlas.
    • No olvidarse de uno mismo: cuando tú estás tranquilo, al niño le resulta más fácil recuperar el equilibrio.

    Cuando el comportamiento no es normal

    A veces la “desobediencia” va más allá de lo esperable para la edad y el desarrollo emocional.

    Es motivo para buscar apoyo si:

    • el niño muestra agresividad constante hacia sí mismo o hacia los demás;
    • ignora completamente los límites y el contacto;
    • pierde el control con frecuencia y no puede calmarse ni siquiera con su ayuda;
    • aparecen signos de ansiedad persistente que interfieren con su vida habitual o un aislamiento profundo.

    En ese caso, es importante no avergonzarse ni culparse. El comportamiento no es “carácter”, sino un proceso dinámico, y la ayuda profesional puede mejorar mucho la situación.

    Lo más importante

    Un niño de 7 a 12 años que “no obedece” la mayoría de las veces no lo hace para desafiarte — está creciendo. Está aprendiendo a manejar emociones complejas, a construir límites y a ser él mismo.

    Tu apoyo, calma y atención son mucho más importantes que la rigidez y el control. No es necesario ser perfectos. Lo importante es estar presentes y recordar que detrás de cada comportamiento hay algo significativo.

  • Si tu hijo apaga el móvil

    Время на прочтение: 2 минут(ы)

    Los niños de 7 a 11 años ya utilizan el móvil con seguridad, pero para ellos no es un medio de comunicación, sino una forma de jugar, escuchar música o escribir a sus amigos. No siempre entienden por qué es importante mantenerlo cargado y encendido.

    Por eso pueden olvidar fácilmente cargarlo, quitar el sonido o incluso apagarlo sin ver nada importante en ello. En este artículo explicamos cómo ayudar al niño a entender por qué es importante mantenerse en contacto.

    Por qué los niños apagan el móvil

    A los 7–11 años los niños todavía están aprendiendo a ser responsables y no siempre comprenden las consecuencias de sus acciones. Para ellos, el teléfono es parte del juego, no una herramienta de comunicación. Por eso apagarlo puede parecer tan simple como guardar un juguete en una caja.

    Otras razones pueden ser:

    1. Viven en el “aquí y ahora”

    Si el niño está concentrado en un juego, en una actividad o en una salida, simplemente no se le ocurre que debe cargar el teléfono o mantenerlo encendido. No es desobediencia, sino una característica del pensamiento infantil.

    2. Creen que no pasará nada

    La idea de “quedarse incomunicado” es abstracta para ellos. Están seguros de que sus padres siempre están cerca y que todo está bajo control. Por eso, estar disponible les parece algo formal e innecesario.

    3. Temen que les quiten el móvil

    A veces apagan el sonido o el teléfono para ocultar que lo han usado más tiempo del permitido o que han vistopoídeos por la noche.

    Cómo explicarle por qué es importante no apagar el móvil

    Para que el niño entienda realmente la regla, es mejor no asustar ni dar sermones, sino explicar con palabras sencillas y ejemplos cercanos a su realidad.

    Cuidado, no control

    Los niños aceptan mejor las normas cuando entienden que no se trata de prohibiciones, sino de seguridad.

    Puedes decir algo como:
    “Cuando tu teléfono está encendido, sé que estás bien. Es como un hilo que nos conecta. Lo necesitamos por si alguna vez pasa algo y tengo que ayudarte”.

    Ejemplos reales y comprensibles

    Los ejemplos deben ser tranquilos, sin asustar:

    • “A veces una actividad termina antes y puedes escribirme para que pase a recogerte”.
    • “Si te pierdes en una excursión o en una tienda, podremos encontrarnos más rápido”.
    • “Si sientes miedo o incomodidad, siempre puedes llamarme”.

    Así el niño ve un beneficio práctico, no un simple “porque sí”.

    Comprender las consecuencias

    Los niños de esta edad no siempre anticipan lo que puede pasar. Es útil explicarlo con calma:

    “Si el teléfono está apagado, no sé dónde estás. Empiezo a preocuparme, a llamar a tu profesor o a los padres de tus amigos. Me siento más tranquilo cuando puedo comunicarme contigo”.

    Reglas simples y claras

    Por ejemplo:

    • El teléfono siempre debe estar encendido, aunque esté en silencio.
    • Si la batería baja del 20%, hay que ponerlo a cargar.
    • Si sales a jugar, avísame cuando llegues.
    • Responde a los mensajes de tus padres cuando los veas.

    Las reglas deben ser claras, cortas y las mismas cada día.

    Confianza mutua

    Puedes decir:
    “Cuando te mantienes en contacto, veo que puedo confiar en ti. Y eso significa que puedo darte más libertad”.

    Cómo reaccionar si el niño sigue apagando el móvil

    Incluso con reglas claras, puede seguir ocurriendo por olvido, emociones o falta de reflexión. Es importante reaccionar con calma y sin acusaciones.

    Mantén la calma

    El enfado o los reproches solo aumentan la resistencia. Un tono tranquilo facilita el diálogo.

    Averigua la razón

    Pregunta con suavidad:
    “¿Qué pasó para que el teléfono estuviera apagado?”

    La respuesta puede ser simple: olvidó cargarlo, no lo escuchó, estaba cansado, tenía miedo de que lo regañaran o no quería interrumpir el juego.

    Buscad una solución juntos

    Plantea la situación como una tarea compartida:

    • poner una alarma recordatoria;
    • activar el modo ahorro de batería;
    • acordar enviar un mensaje antes de silenciar el teléfono;
    • usar una batería externa si suele descargarse.

    Reconoce los avances

    Cuando el niño mantiene el contacto, díselo:
    “Gracias por responder enseguida, me quedé tranquilo”.

    El reconocimiento por acciones concretas fortalece la responsabilidad mucho más que la crítica.

  • Desintoxicación digital con tu hijo

    Время на прочтение: 2 минут(ы)

    A veces parece que el niño está todo el tiempo con el móvil, la tableta o el ordenador. Pedirle que deje el dispositivo no siempre es fácil. La conversación puede convertirse rápidamente en una discusión, y el cansancio y la irritación solo aumentan.

    No es motivo de alarma. A menudo el niño simplemente necesita un descanso del ruido, las imágenes brillantes y la estimulación constante. A este tipo de pausa se le llama desintoxicación digital.

    Hemos reunido ideas sencillas para hacerla juntos. Con calma, con cuidado y sin prohibiciones estrictas.

    Por qué no es bueno pasar demasiado tiempo con el móvil

    Hoy en día, tanto niños como adultos pasan más tiempo frente a las pantallas de lo que parece a primera vista. Por ejemplo, los adolescentes de 13 a 18 años, según estudios, pueden pasar hasta 9 horas al día usando dispositivos.

    Ese tiempo frente a la pantalla influye en varias áreas a la vez. El niño puede moverse menos, dormir peor y tener más dificultades para concentrarse. A veces aparecen ansiedad, cambios de humor o síntomas de agotamiento.

    También puede ocurrir que la pantalla sustituya la comunicación en persona, los juegos, los paseos y el simple tiempo compartido. Y precisamente esas experiencias ayudan a desarrollar la confianza, la empatía y la capacidad de relacionarse con los demás.

    Si las pantallas se han convertido en un fondo constante, quizá sea momento de hacer una pequeña pausa. La desintoxicación digital ayuda a descansar, cambiar de ritmo y recordar que en la vida hay otras cosas igual de interesantes.

    Cómo prepararse para una desintoxicación digital

    La desintoxicación digital no es un castigo, sino una forma de cuidarse y cuidar al niño, buscando un equilibrio entre lo virtual y lo real.

    Para que la pausa transcurra con tranquilidad, no basta con quitar el dispositivo: es importante hablarlo y acordarlo con antelación. Esto puede ayudar:

    1. Hablad con anticipación

    Explícale con palabras sencillas por qué a veces es útil descansar de la pantalla. Por ejemplo, para que los ojos descansen, el sueño sea más profundo y haya más tiempo para jugar y conversar. Cuanto más clara sea la razón, más fácil será que el niño acepte la idea.

    2. Acuerda, no prohíbas

    Es importante que el niño sienta que su opinión cuenta. Intentad elegir juntos el día o el momento para la pausa digital. Empezad con un periodo corto —por ejemplo, un par de horas— y luego hablad sobre cómo fue.

    3. Haced que el tiempo sea predecible

    Cuando el niño sabe cuánto tiempo queda, le resulta más fácil cambiar de actividad. Pueden usar un reloj de arena, un temporizador de cocina o un plan sencillo del día colocado en un lugar visible.

    4. Pensad qué hacer en lugar de usar la pantalla

    “Sin móvil” no significa “sin nada que hacer”. Ofrece alternativas con anticipación:

    • juegos de mesa o lectura en voz alta;
    • un paseo o una pequeña aventura fuera de casa;
    • actividades creativas en familia;
    • conversaciones sobre temas que interesen a todos.

    Cuando el niño siente que no le están quitando algo, sino invitándolo a probar algo nuevo, la desintoxicación digital resulta mucho más fácil.

    ¿Y después?

    Si la pausa fue fácil —¡genial! Si no lo fue, también es normal. Ya han dado un paso importante y han probado un nuevo enfoque.

    Poco a poco, estas pausas pueden convertirse en una parte habitual de la vida. Por ejemplo, una tarde a la semana sin dispositivos, con juegos, paseo o simplemente una cena tranquila juntos.

    Con el tiempo, el propio niño empezará a notar cuándo quiere dejar el móvil y cambiar de actividad. No por obligación, sino porque aprende a escucharse.

    Lo más importante es el apoyo, la participación y la confianza. Y cuando el adulto está presente, al niño realmente le resulta más fácil lograrlo.

  • Cómo enseñar a un niño a defenderse

    Время на прочтение: 3 минут(ы)

    Cuando un niño entra en un grupo —ya sea en el jardín de infancia o en la escuela— apenas empieza a aprender a relacionarse con los demás. Y a menudo descubre que sus intereses no coinciden con los de sus compañeros. Entonces surgen los primeros conflictos, que no siempre son fáciles de resolver.

    En este material veremos cómo ayudar al niño a defenderse, qué formas de afrontar un conflicto existen y cuándo es conveniente que los padres intervengan.

    Conflictos en el entorno infantil

    Los desacuerdos entre niños son una parte normal del crecimiento. Aprenden a compartir, a defender lo suyo y a llegar a acuerdos.

    Niños de primaria: 7–10 años

    Después del jardín de infancia aparecen nuevas razones de conflicto: envidia por las notas, la atención del profesor o las características físicas. Aquí es importante ayudar a los niños a comprender los sentimientos de los demás y a buscar soluciones pacíficas.

    Adolescentes: 11–17 años

    Las discusiones se vuelven más emocionales: los adolescentes buscan su lugar entre sus compañeros y tratan de llamar la atención del sexo opuesto. A veces los conflictos pueden convertirse en acoso. Es importante que los adultos detecten el problema a tiempo y ayuden a detenerlo.

    Enseñar al niño a protegerse

    Protegerse significa expresar con seguridad los propios sentimientos, saber mantener los límites personales y no permitir que otros los vulneren.

    Para que el niño pueda hacerlo, es importante que los padres hablen con antelación sobre cómo actuar en distintas situaciones, dónde está la línea entre la defensa y la agresión, y cuándo conviene pedir ayuda a un adulto.

    Formas de salir de una situación de conflicto

    Los niños reaccionan ante los conflictos de diferentes maneras. Estas son las principales estrategias a su alcance:

    1. Competencia
      El niño intenta defender sus intereses y demostrar que tiene razón. A veces lo hace con demasiada insistencia, por lo que es importante enseñarle a expresar su postura con palabras y no con fuerza.
    2. Evitación del conflicto
      A veces el niño simplemente se aleja de la discusión. Esto no siempre es una señal de debilidad; en ocasiones ayuda a no agravar la situación. Lo importante es que no reprima sus sentimientos.
    3. Compromiso
      El niño busca un punto intermedio entre sus intereses y los del otro. Es una buena habilidad, pero es importante que el compromiso no se convierta en una renuncia por miedo.
    4. Suavizar el conflicto
      Algunos niños ceden para evitar una pelea: entregan el juguete o aceptan la opinión de otro. Es importante explicar que la paz no siempre exige sacrificios y que defenderse también es algo normal.
    5. Ruptura de la relación
      Después de una discusión, el niño puede dejar de comunicarse. Es una reacción natural, especialmente en los más pequeños. Con el tiempo aprenderá a restablecer el contacto si siente el apoyo de los adultos.
    6. Colaboración
      Es la forma más eficaz de manejar los conflictos. El niño aprende a negociar, a buscar una solución común y a comprender los sentimientos de los demás. Este enfoque fomenta el respeto y la confianza en sí mismo.

    Cómo ayudar al niño

    Es importante que el niño sepa que estás de su lado y siempre dispuesto a ayudar. No le regañes ni levantes la voz: eso solo aumentará su ansiedad. Es mejor explicarle con calma que sus sentimientos e intereses son tan importantes como los de los demás y que saber defenderse es una habilidad que se puede aprender.

    Si el niño es pequeño y no puede manejar la situación por sí solo, intervén y ayúdalo; es importante que vea que los adultos están cerca y dispuestos a apoyarlo.

    Intentad juntos elaborar un “plan de acción” para situaciones de conflicto. Por ejemplo:

    • si alguien intenta quitarle un juguete, puede decir: «Es mi juguete, todavía estoy jugando con él. ¿Jugamos juntos después?»;
    • si alguien muestra agresividad: «Me duele. Por favor, detente; si no, se lo diré a un adulto»;
    • si el agresor no escucha, es importante pedir ayuda a un educador, profesor o a cualquier adulto cercano.

    Estas situaciones pueden representarse como un juego o comentarse juntos: «¿Qué harías si te insultan?», «¿Y si alguien te empuja?». Así el niño aprende a no bloquearse y a reaccionar con calma ante situaciones desagradables.

    Los conflictos son una parte natural del crecimiento; a través de ellos los niños aprenden a comprenderse a sí mismos y a los demás. La tarea de los padres no es proteger al niño de cualquier desacuerdo, sino ayudarle a encontrar formas seguras de resolverlos. El apoyo y la calma de los adultos le dan confianza: incluso en una situación difícil, no estará solo.