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  • 정서 지능은 거짓말을 줄이는 데 도움이 됩니다

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    다른 사람의 감정을 이해할 수 있는 아이들은 거짓말을 덜 합니다. 이는 2024년에 학술지 Journal of Experimental Child Psychology에 발표된 연구에서내린 결론입니다. 이는 아이들이 자기자신의 거짓말이 다른 사람에게 어떤 영향을 미칠 수 있는지를 상상하는 능력과 관련이 있습니다. 이러한 능력을 **인지적 공감(cognitive empathy)**이라고 하며, 이는 충분히 발달시킬 수 있습니다.

    인지적 공감이란 무엇이며, 어떻게 작동할까요?

    인지적 공감이란 다른 사람이 무엇을 느끼고 있는지를 이해하고, 그 사람의 입장에서 상황을 생각해 보는 능력입니다. 이는 단순히 감정을 함께 느끼는 것이 아니라, 상황을 상대의 시선으로 바라보는 능력입니다.

    예를 들어, 아이가 누군가에게 상처를 받았다고 이야기할 때, 인지적 공감은 부모가 아이의 아픔을 느끼는 것뿐만 아니라, 왜 그런 반응을 하게 되는지도이해하도록 도와줍니다.

    때때로 인지적 공감은 정서적 공감과 혼동되기도 합니다. 정서적 공감이란 다른 사람의 감정을 그대로 느끼고, 그 감정에 ‘전염되는’ 능력입니다. 예를 들어 아이가 울고 있으면, 부모도 슬픔을 느끼거나 함께 울게 될 수 있습니다.

    두 가지 공감 모두 중요하지만, 아이들이 자신의 행동이 가져올 결과를 인식하도록 돕는 것은 바로 인지적 공감이며, 이로 인해 아이들은 거짓말을 덜 하게 됩니다.

    공감 능력이 있는 아이들이 거짓말을 덜 하는 이유

    아이에게 공감 능력이 발달하면, 거짓말이 다른 사람에게 상처를 주거나 문제를 일으킬 수 있다는 사실을 깨닫기 시작합니다. 그리고 이러한 인식은 아이에게 점점 중요해집니다.

    월든대학교(Walden University) 임상심리학 박사(PhD)인 캐롤 브레이디(Carol Brady)는 아이들이 솔직해지는 것을 두려워하지 않도록 대화하고, 모든 면에서 완벽할 필요는 없다는 점을 계속 상기시켜 주라고 조언합니다.

    아이에게 이렇게 말할 수 있습니다.
    «내가 너에게 질문 하나를 하려고 해. 어쩌면 내가 듣고 싶지 않은 이야기를 하게 될 수도 있어. 하지만 기억해 줘. 네 행동이 곧 너 자신은 아니야. 나는 어떤 상황에서도 너를 사랑해. 누구나 실수할 수 있거든. 그래서 잘 생각해 보고 솔직하게 대답해 주길 바라.»

    아이에게 이 말을 곱씹어 볼 시간을 주면, 진실을 말할 가능성이 더 높아집니다.

    항상 아이를 사랑하고 있다는 사실을 상기시켜 주고, 진실을 말해도 두렵지 않은 환경을 만들어 주세요.

    아이가 공감을 기르도록 돕는 방법

    인지적 공감 능력은 나이가 들면서 발달하며, 복잡한 사고 과정을 담당하는 뇌의 전전두엽 피질을 적극적으로 사용합니다. 참고로, 바로 이 인지적 공감이 (아직까지는) 우리를 로봇과 구분 짓는 요소이기도 합니다.

    인지적 공감을 키우기 위해 할 수 있는 일은 다음과 같습니다.

    • 정서 지능 기르기
      정서 지능은 인지적 공감과 밀접하게 연결되어 있습니다.
    • 감정을 인식하고 이해하는 능력을 키우는 책과 아동용 프로그램 활용하기
      자신의 감정과 타인의 감정을 이해하도록 돕는 콘텐츠는 인지적 공감을 강화하는 데 도움이 됩니다.
    • 문학 작품 읽기
      이야기와 등장인물의 감정에 몰입하는 경험은 세상을 다양한 관점에서 바라보게 하며, 인지적 공감 발달에 기여합니다.
    • 적극적 경청 연습하기
      주의 깊게 듣고 질문을 하는 능력은 상대의 생각과 감정을 더 잘 이해하도록 돕습니다. 부모가 적극적으로 경청하는 모습을 보이면, 아이는 자신의 감정을 더 빠르게 이해하는 법을 배우게 됩니다.

    이 조언들을 한 번 실천해 보시겠어요? 분명 잘해내실 수 있을 거예요.
    그리고 만약 바로 되지 않더라도 괜찮습니다. 인지적 공감은 시간이 지나면서 서서히 발달하니까요.

  • Qué hacer si un niño grita «¡Te odio!»

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    A veces incluso el niño más cariñoso puede decir: «¡Te odio!». Duele, sobre todo cuando intentas ser un padre o una madre atento y comprensivo. Pero es importante recordar que, en esos momentos, el niño no habla de tu valor, sino de sus sentimientos: intensos, difíciles de controlar y a menudo aterradores incluso para él mismo.

    Por qué los niños dicen «Te odio»

    Estas palabras son una señal de emociones fuertes. Los niños de 7 a 12 años pueden decirlo cuando están cansados, se enfrentan a nuevas normas o no saben expresar de otra manera la rabia o el resentimiento.

    Los adolescentes de 13 a 17 años usan esta frase con más frecuencia como parte de la protesta, del deseo de ser escuchados o de mostrar independencia. Detrás del «odio» casi siempre hay dolor, confusión, rabia o sensación de impotencia.

    Lo que es importante recordar como padre o madre

    Intenta no tomártelo como algo personal. Estas emociones no hablan de ti. El niño no te está dando una valoración objetiva ni te está rechazando como padre o madre; está expresando sentimientos que no sabe manejar: enfado, ofensa, miedo, decepción.

    Cómo responder, paso a paso

    Cuando un niño dice «Te odio», es importante no ofenderse, sino mostrar que estás ahí. Así puedes actuar:

    1. Mantén la calma
      Aunque por dentro haya una tormenta, intenta hablar con un tono tranquilo, sin dureza. Tu calma ayuda al niño a sentirse seguro: «No me han rechazado, incluso cuando estaba furioso».
    2. Haz una pausa
      Si no sabes qué decir, no pasa nada. El silencio y unas cuantas respiraciones profundas a menudo funcionan mejor que respuestas impulsivas.
    3. Apoya con palabras
      Cuando te sientas preparado para hablar, di frases que reconozcan los sentimientos del niño sin alimentar el conflicto:

      • «Ahora estás muy enfadado. Te escucho».
      • «Siento que te sientas tan mal».
      • «Te sigo queriendo».
      • «Estoy aquí».
      • «Entiendo que ahora te resulte difícil».

    Qué no conviene hacer

    En estos momentos es fácil dejarse llevar por la herida, la rabia o la confusión. Pero la reacción del adulto puede intensificar el conflicto o, por el contrario, ayudar a apagarlo. Evita:

    • Gritar o responder emoción con emoción — solo aumenta la tormenta;
    • Acusar: «¿Cómo puedes decir eso?»;
    • Ofenderte: frases como «Entonces yo también…» solo crean más distancia;
    • Exigir disculpas inmediatas: dale tiempo al niño para calmarse y comprender sus palabras;
    • Dar sermones: en un pico emocional el niño no escucha lecciones, necesita comprensión y presencia.

    Cómo ayudar al niño a manejar emociones intensas

    La frase «Te odio» suele aparecer donde faltan palabras, habilidades y un apoyo interno sólido. Por eso es importante no solo reaccionar con calma en el momento, sino también enseñar poco a poco al niño a vivir sus emociones de otra manera.

    Puede ayudar:

    • Poner nombre a las emociones: «Parece que estás enfadado», «Eso pudo dolerte».
    • Hablar de tus propias emociones: «Me sentí triste porque…», «Me preocupé cuando…».
    • Hablar de sentimientos en momentos tranquilos: películas, historias o situaciones compartidas son buenas oportunidades.
    • Confirmar que las emociones son normales: no todo comportamiento es aceptable, pero las emociones no son motivo de vergüenza.

    Con el tiempo, el niño entenderá que puede hablar directamente de lo que siente. Y en lugar de «Te odio», empezará a decir «Estoy muy enfadado» o «Me siento herido».

    Detrás de las palabras más duras a menudo se esconde una pregunta: «¿Sigues aquí conmigo?». Una respuesta llena de calma y aceptación es el verdadero apoyo.

  • ¿No quiere hacer los deberes? Esto puede ayudar

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    ¿Tu hijo protesta y se niega a sentarse a hacer los deberes? No te preocupes: es una situación común para muchos padres. Te contamos por qué los niños evitan los deberes y cómo ayudarles a implicarse en el estudio.

    Por qué los niños no quieren hacer los deberes

    Las razones pueden ser muchas. A veces son evidentes, pero con más frecuencia se esconden detrás de caprichos, cansancio o aparente indiferencia. Las más habituales son:

    • Ansiedad, estrés e inseguridad. Algunos niños tienen miedo de equivocarse o de no poder con la tarea, y por eso la evitan.
    • Procrastinación. Es una respuesta frecuente al exceso de carga o a la falta de confianza: el niño retrasa, pospone y busca distracciones. No por pereza, sino porque no sabe por dónde empezar o teme fracasar.
    • Tareas difíciles, poco claras o sin sentido. Si el niño no entiende qué se espera de él o no ve el propósito, la motivación baja. Y cuando hay demasiados deberes y poco descanso, incluso un buen estudiante puede agotarse.
    • Falta de rutina y estructura. Hacer los deberes cada día a una hora distinta, sin un plan claro, dificulta concentrarse y empezar.
    • Factores que distraen. Juegos, dispositivos y el típico «un minutito más» impiden cambiar al modo estudio. La concentración disminuye y hasta una tarea sencilla puede generar rechazo.

    Qué definitivamente no ayuda

    A veces los padres, cansados y preocupados, recurren a estrategias que parecen lógicas, pero que en realidad empeoran la situación:

    • gritos, presión y control excesivo, que aumentan la ansiedad en lugar de resolver el problema;
    • premios y recompensas, que pueden reducir la motivación interna, sobre todo si se usan de forma constante.

    Aunque el niño se siente a hacer los deberes por miedo al castigo, eso no significa que se sienta mejor o más tranquilo — a menudo ocurre lo contrario.

    Cómo ayudar de verdad con los deberes

    Cuando el niño se niega a hacer los deberes, es importante no intensificar el conflicto, sino crear las condiciones para que pueda lograrlo. Estas estrategias suelen funcionar:

    • Convertir los deberes en un ritual habitual, siempre a la misma hora y en el mismo lugar, por ejemplo en la mesa de la cocina.
    • Empezar juntos: «Veamos juntos qué hay que hacer». Esto reduce la ansiedad y facilita el inicio.
    • Tener en cuenta los intereses del niño: si algo le resulta interesante, tendrá más ganas de hacerlo.
    • Dividir las tareas grandes en pasos pequeños y hacer pausas.
    • Elogiar el esfuerzo, no solo el resultado: «Has empezado, y eso ya es un paso importante».
    • Estar cerca, sin necesidad de controlar: basta con estar disponible.
    • Hablar con el profesor si los deberes parecen excesivos. El docente es un aliado, no un enemigo.
    • Buscar apoyo adicional si una asignatura resulta especialmente difícil: un tutor puede ayudar a entender mejor y reducir la ansiedad.

    Además, es importante crear un espacio cómodo para estudiar: una silla y una mesa adecuadas a su altura, luz suave y pocas distracciones. Propón que el niño personalice su lugar de estudio con pegatinas, dibujos o material escolar favorito; así se sentirá dueño del espacio y le resultará más fácil concentrarse.

    Si las dificultades continúan

    Si el rechazo a los deberes es constante y va acompañado de ansiedad, llanto o irritabilidad, conviene hablar con un psicólogo y comprobar si existen dificultades ocultas: problemas de autoestima, atención o comprensión.

    Según los estudios, la ansiedad, el estrés, la procrastinación, el exceso de carga y la sensación de fracaso son causas frecuentes del rechazo a los deberes escolares. Pero el apoyo y la adaptación de las exigencias realmente ayudan.

    Lo más importante no es luchar, sino estar a su lado.

  • Errores frecuentes que alejan al adolescente de ti

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    La adolescencia es una etapa en la que el hijo cambia, se distancia de los padres, intenta establecer límites personales y tomar decisiones propias. En este periodo es fácil equivocarse, incluso cuando las intenciones son las mejores.

    Estos son los errores más comunes que cometen muchos padres.

    Desvalorizar los sentimientos del adolescente

    Frases como «eso no es un problema», «te lo estás imaginando» o «ya se te pasará» solo aumentan la sensación de soledad. Los adolescentes viven las emociones con mucha intensidad y necesitan sentir que los adultos están dispuestos a escucharlos y comprenderlos.

    Mejor: reconocer sus emociones y mostrar empatía, aunque te parezcan exageradas.

    Intentar controlarlo todo

    Un control rígido sobre la apariencia, los estudios, los amigos o los dispositivos suele provocar resistencia y agravar los conflictos. El adolescente necesita aprender a elegir y a asumir las consecuencias.

    Mejor: hablar juntos sobre las reglas, explicar los motivos de las prohibiciones y dar más libertad en ámbitos seguros.

    Falta de confianza

    Las sospechas, revisar mensajes o leer diarios destruyen la confianza. Es más importante construir una relación en la que el adolescente acuda por sí mismo a pedir apoyo.

    Mejor: respetar su espacio personal y fomentar una comunicación abierta y honesta, sin presión.

    Disciplina excesiva o demasiado permisiva

    Demasiadas prohibiciones llevan a que se rompan; la ausencia de límites puede generar ansiedad y confusión. El equilibrio entre reglas y libertad es la base de la estabilidad emocional.

    Mejor: establecer límites claros, acordar reglas y cumplirlas.

    Críticas públicas y comparaciones

    «¿Por qué no puedes ser como tu hermano?», «Te ves fatal», «Me da vergüenza salir contigo» dañan la autoestima, sobre todo si se dicen delante de otras personas.

    Mejor: tratar los temas difíciles en privado y con respeto por los sentimientos del adolescente.

    Ignorar el proceso de crecimiento

    Seguir tratando al adolescente como a un niño — prohibiendo lo que ya es apropiado o exigiendo explicaciones por cada paso — hace que sienta que su madurez no es respetada.

    Mejor: dar más autonomía y reconocer su opinión.

    Expectativas sin diálogo

    «Tienes que estudiar medicina», «Vas a aprender inglés porque yo lo digo»: imponer planes de vida sin preguntar genera distancia y protesta.

    Mejor: hablar de sus planes y deseos, buscar compromisos y apoyar sus elecciones.

    Los errores forman parte del camino, especialmente cuando un hijo crece. Pero el diálogo cálido, el respeto y la disposición a escucharse mutuamente ayudan a atravesar la adolescencia con confianza y apoyo mutuo.

  • 7 errores que cometen casi todos los padres

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    Los errores les ocurren a todos: son una parte natural de la crianza. Sin embargo, algunos se repiten con especial frecuencia y pueden impedir que el niño se sienta seguro, aprenda a ser independiente y crezca feliz.

    Te contamos a qué conviene prestar atención si tu hijo tiene entre 7 y 11 años.

    1. Comparaciones con otros niños

    «Irina ya hace los deberes sola», «Mira qué ordenada es la letra de Egor»: parece motivador, pero en realidad las comparaciones desvalorizan el esfuerzo del niño y generan ansiedad.

    Es mejor fijarse en el progreso individual y elogiar acciones concretas.

    2. Incoherencia en las exigencias

    Hoy hay un reproche por el desorden en la habitación y mañana no se dice nada. El niño se confunde y no entiende qué es importante y qué no.

    Las reglas claras, comprensibles y estables dan una sensación de previsibilidad y seguridad.

    3. Control excesivo

    Cuando los adultos controlan cada paso — desde los deberes hasta la ropa — el niño no aprende a tomar decisiones. Esto dificulta el desarrollo de la autonomía y la responsabilidad.

    Es importante ir cediendo poco a poco más libertad y enseñar al niño a afrontar las consecuencias de sus elecciones.

    4. Ignorar las emociones

    Frases como «no llores», «no pasa nada» o «son tonterías» invalidan los sentimientos del niño.

    Puede empezar a pensar que sus emociones son incorrectas. En lugar de eso, conviene reconocerlas — «Veo que estás triste» — y ofrecer apoyo.

    Por ejemplo, si el niño vuelve de la escuela triste y dice que nadie jugó con él en el recreo, se puede decir: «Parece que te sentiste solo. Lo entiendo, es desagradable. ¿Quieres que lo hablemos?».

    5. Criticar a la persona y no la conducta

    «Eres perezoso», «Eres muy distraída»: estas palabras construyen una imagen negativa de sí mismo.

    Es mejor hablar de la acción concreta: «Olvidaste apagar la luz» en lugar de «Siempre te olvidas de todo».

    6. Elogios inapropiados o ausencia de elogios

    Los elogios «porque sí» pierden valor. Y si solo se elogia el resultado y no el esfuerzo, el niño puede empezar a evitar tareas difíciles por miedo a equivocarse.

    Es mejor reconocer el esfuerzo, el progreso y la iniciativa, y decirlo en voz alta.

    Por ejemplo, en vez de un simple «¡Bien hecho!», se puede decir: «Pensaste mucho en el problema y no te rendiste; me gustó cómo lo resolviste».

    7. Expectativas demasiado altas o demasiado bajas

    Exigir un comportamiento adulto a un niño de siete años, o hacérselo todo a uno de diez, dificulta su desarrollo. Es importante tener en cuenta las características de cada edad y aumentar las exigencias de forma gradual.

    Lo principal es observar cómo nuestras acciones influyen en el niño y estar dispuestos a cambiar.

    Si te reconoces en algunas de estas situaciones, no es motivo para reprocharte nada: significa que ya estás haciendo lo más importante — estar cerca y saber escuchar.

  • ¿Cuánta actividad física necesita un adolescente según la ciencia?

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    La adolescencia es una etapa de tormentas emocionales y de grandes cambios, tanto internos como externos. En este periodo es especialmente importante mantener el cuerpo en movimiento: la actividad física fortalece la salud, ayuda a concentrarse y a sentirse más seguro de uno mismo.

    Te contamos cuánta actividad necesita un adolescente cada día y cómo incorporarla a la vida cotidiana.

    Por qué es importante que un adolescente se mueva

    Entre los 13 y los 17 años no solo cambia el cuerpo, sino también el estilo de vida: más estudio, más tiempo frente a las pantallas y menos movimiento natural. Comienzan los cambios hormonales, que pueden afectar al estado de ánimo, al bienestar y al nivel de energía.

    Los adolescentes se enfrentan al estrés, la inseguridad y el cansancio, y la actividad física regular ayuda a manejar todo esto. Reduce la ansiedad, mejora el ánimo y favorece un mejor descanso.

    Además, los adolescentes activos se concentran con más facilidad, recuerdan mejor la información y afrontan mejor las exigencias mentales.

    Recomendaciones de actividad física para adolescentes

    Según las recomendaciones de la Organización Mundial de la Salud, los adolescentes de 13 a 17 años necesitan:

    • al menos 60 minutos diarios de actividad física de intensidad moderada o alta;
    • al menos 3 veces por semana, ejercicios que fortalezcan los músculos y los huesos;
    • pasar el menor tiempo posible sentados, especialmente frente a las pantallas.

    Cómo incorporar la actividad física a la vida diaria

    La actividad física no tiene por qué ser deporte organizado o entrenamientos formales. Incluso sin clases o gimnasio, un adolescente tiene muchas maneras de moverse cada día. Lo más importante es encontrar algo que le guste y convertirlo en parte de su rutina.

    Algunas opciones:

    • caminar;
    • ir en bicicleta o en patinete;
    • evitar el ascensor y subir por las escaleras;
    • correr o entrenar al aire libre;
    • fútbol, baloncesto o voleibol;
    • tenis de mesa o tenis;
    • baile, parkour o danza;
    • entrenamientos en casa o en el gimnasio;
    • ayudar en casa, incluida la limpieza de la habitación;
    • trabajar en el huerto o el jardín;
    • excursiones y paseos en el parque o en la naturaleza, con amigos o en familia.

    Qué puede dificultar la actividad y cómo apoyar al adolescente

    A veces a un adolescente le cuesta mantenerse activo. La fatiga, la inseguridad, la falta de tiempo o de interés pueden ser obstáculos.

    Es importante no obligar, sino ayudarle a encontrar algo que realmente le motive. No tiene que ser un deporte: también pueden servir el baile, las caminatas o simplemente el hábito de moverse a pie.

    Los padres pueden apoyarle dando ejemplo, pero sobre todo evitando la presión. Hacerlo juntos, proponer, inspirar. El movimiento no va de notas ni de resultados, sino de energía, libertad y cuidado personal.

  • Cuándo y cómo hablar con una niña sobre la menstruación

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    La menstruación es una etapa natural del crecimiento. Pero si una hija, hermana, sobrina o nieta no sabe nada al respecto, este momento puede resultarle aterrador y generar mucha ansiedad.
    Una conversación temprana con los padres u otros adultos de referencia ayuda a evitar el estrés y el sentimiento de vergüenza, y le da apoyo y la comprensión de que «conmigo todo está bien».

    ¿A qué edad empezar la conversación?

    Hoy en día es especialmente importante no posponer esta charla. Las investigaciones actuales muestran que la primera menstruación puede comenzar ya entre los 8 y 10 años. Esto está relacionado con la alimentación, el estrés, el equilibrio hormonal, el entorno y el estilo de vida. Por eso, ya no conviene guiarse por cómo fue en vuestra propia infancia.

    Los especialistas de la Academia Americana de Pediatría señalan que el mejor momento para empezar a hablar de la menstruación es entre los 7 y 9 años, es decir, antes de que comience. Incluso si la niña aún no hace preguntas, es mejor que la primera información la reciba de vosotros, personas en las que confía.

    Si la menstruación ya ha empezado, la conversación sigue siendo necesaria: ahora puede centrarse en las sensaciones físicas, la higiene, las reacciones emocionales y la regularidad del ciclo.

    Cómo explicar la menstruación

    Es mejor iniciar la conversación en un ambiente tranquilo, sin prisas ni presión. La menstruación no es un tabú ni un problema, sino una parte de la vida. No tengáis miedo de llamar a las cosas por su nombre: “vulva”, “vagina”, “ciclo”, “compresas”, “bragas menstruales” son palabras que una niña debería conocer y poder usar.

    Hablad con seguridad y honestidad, explicando de forma clara pero sin simplificar en exceso. A continuación, un ejemplo de cómo puede sonar una conversación así:

    • «Pronto tu cuerpo empezará a cambiar; es una etapa natural del crecimiento que se llama pubertad. Uno de los signos importantes de este periodo es la menstruación, o la regla.
    • Es cuando sale sangre por la vagina: así el cuerpo pasa cada mes por un ciclo natural para que, en el futuro, si quieres, puedas ser mamá.
    • Normalmente la menstruación empieza entre los 9 y los 13 años. En algunas niñas llega antes y en otras después, y todo eso es normal. Puede haber poca sangre o parecer que hay mucha: ambas cosas entran dentro de lo normal. La regla suele durar de 3 a 7 días y se repite aproximadamente una vez al mes.
    • Al comienzo del ciclo puedes sentirte cansada, irritable o notar molestias en la parte baja del abdomen; muchas niñas y mujeres sienten algo parecido. Hay formas de aliviarlo: medicamentos, una bolsa de agua caliente y descanso.
    • Te lo cuento con antelación para que sepas que todo lo que ocurra es natural y que contigo todo está bien. Siempre puedes venir a preguntarme o simplemente a hablar. Podemos elegir juntas todo lo que necesites y prepararnos para que te sientas segura».

    Esta conversación puede darse por etapas, volviendo al tema una y otra vez a medida que el cuerpo crece y cambia.

    Si os resulta difícil hablarlo directamente, podéis recurrir a libros sobre el crecimiento de las niñas y leerlos juntas, comentándolos y respondiendo a las preguntas que surjan.

    Errores frecuentes que conviene evitar

    Incluso con las mejores intenciones, los adultos a veces cometen errores que pueden hacer que el tema de la menstruación resulte incómodo o intimidante.

    Qué no conviene hacer:

    • no esperar a que la hija empiece a interesarse por sí sola;
    • no evitar palabras como “sangre”, “vagina” o “menstruación”;
    • no hablar de la menstruación como de una “molestia” o algo “desagradable”;
    • no bromear sobre el tema ni usar insinuaciones o explicaciones exageradas;
    • no dejar a la niña sola con el tema limitándoos a darle compresas.

    Aunque la conversación pueda resultar incómoda, es necesaria. La apertura, el respeto y un tono tranquilo ayudan a que la niña no tenga miedo de su cuerpo y fortalecen la confianza entre vosotros.

    La menstruación no es algo vergonzoso ni incómodo. Es una parte del crecimiento por la que pasa cada niña. Y es importante que la atraviese con apoyo, comprensión y la sensación de que «conmigo todo está bien».

  • Tu hijo tiene entre 10 y 13 años: qué esperar

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    El periodo entre la infancia y la adolescencia no es una crisis, sino una etapa de crecimiento. Entre los 10 y los 13 años los chicos empiezan a cambiar, y a los padres no siempre les resulta fácil entender que todo va por buen camino.

    Qué le ocurre a un niño a esta edad

    La preadolescencia es el inicio del crecimiento. En los niños aumentan la estatura y el peso, cambia la voz, se incrementa la sudoración, pueden aparecer granos y vello en la cara y el cuerpo.
    En algunos los cambios son rápidos, en otros casi imperceptibles; ambas opciones son normales.

    También cambia el mundo interior. El niño se vuelve más sensible y autocrítico, puede distanciarse de los padres y buscar su propia opinión. Aparecen nuevos intereses y aumenta el deseo de pasar tiempo con amigos o a solas.

    Lo que más suele preocupar a los padres

    Cuando el hijo se cierra de repente, se vuelve irritable o pierde interés por cosas que antes le gustaban, es fácil empezar a preocuparse, sobre todo si antes era diferente.

    A los padres suelen inquietarles cambios como:

    • cambios bruscos de humor, susceptibilidad, irritabilidad;
    • distanciamiento: el niño cuenta menos cosas, rechaza la comunicación;
    • mayor uso de dispositivos y menor interés por los estudios;
    • aislamiento, rechazo de su propio cuerpo y apariencia;
    • baja autoestima y ansiedad.

    Es importante recordar que la mayoría de estos cambios forman parte natural del crecimiento y no son un problema que deba resolverse de inmediato.

    Cómo ayudar al niño a atravesar esta etapa

    Aunque el hijo aparente que puede con todo solo, el apoyo de los padres es ahora especialmente importante. La calma, la aceptación y la atención le dan una sensación de apoyo y le ayudan a comprenderse mejor.

    Algunos pasos sencillos pero importantes:

    • Intenta hablar con calma y suavidad, y mantente atento incluso si el niño se distancia.
    • Pregunta sin presión: “¿Cómo estás?”. Incluso una sola pregunta puede marcar la diferencia.
    • Respeta su espacio personal: que tenga tiempo y lugar para estar solo.
    • Habla del crecimiento de forma tranquila, sin bromas ni silencios incómodos. Si te resulta difícil, puedes empezar con libros que expliquen claramente los cambios del cuerpo.
    • Asegura que tenga un sueño adecuado, una alimentación regular y actividad física.
    • Ayuda a fortalecer su confianza: reconoce el esfuerzo, no solo el resultado.
    • Si te parece que el niño está muy cerrado o su estado te preocupa, es motivo para consultar a un psicólogo.

    Qué dice la ciencia

    Los científicos llevan tiempo estudiando cómo crece y cambia el cerebro en la preadolescencia. Estas son algunas conclusiones importantes:

    • El cerebro de los niños cambia de forma especialmente activa.
      Entre los 10 y los 13 años se produce una reorganización de la corteza prefrontal —la zona responsable del autocontrol y la planificación—. Esto influye en el comportamiento: al niño le cuesta más controlar los impulsos y concentrarse.
    • Aumenta la sensibilidad a las expresiones faciales y a las emociones.
      Al inicio de la pubertad se intensifica la reacción del cerebro a las expresiones faciales, especialmente a la desaprobación, la vergüenza o la burla. De ahí una mayor susceptibilidad o el deseo de evitar la atención.
    • La opinión de los compañeros se vuelve especialmente importante.
      Los niños de 10 a 13 años son vulnerables al rechazo: el cerebro reacciona a él casi como a un dolor físico. El apoyo en casa ayuda a afrontar situaciones difíciles y a no sentirse solo.
    • La capacidad de decir “no” no se desarrolla al mismo ritmo en todos.
      Cuanto más activo es el centro emocional del cerebro, menos expuesto está el niño a riesgos y a la influencia de los amigos. Esto explica por qué a algunos les resulta más fácil decir “no” que a otros.

Lo que le ocurre a tu hijo entre los 10 y los 13 años no es una crisis, sino crecimiento. Incluso si te parece que se ha distanciado, sigues siendo su apoyo. Y él lo siente, aunque todavía no lo diga en voz alta.

  • Solo en casa: ¿cómo saber si tu hijo está preparado?

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    En algún momento, todos los padres y madres se hacen esta pregunta: ¿se puede dejar a un hijo solo en casa? Por ejemplo, durante 15 minutos mientras vas a la farmacia, o un par de horas después del colegio.

    No depende tanto de la edad como del nivel de autonomía, las habilidades del niño y el entorno del hogar. Veamos cómo dar este paso con cuidado y tranquilidad.

    No existe una edad “correcta”, sino preparación

    En muchos países no existe una ley que establezca con exactitud a partir de qué edad se puede dejar a un niño solo en casa. Con mayor frecuencia se mencionan los 10–12 años, pero con una aclaración: lo principal no son los números, sino la preparación.

    Las investigaciones muestran que niños de la misma edad pueden diferir mucho en su nivel de autonomía. Por eso es importante guiarse por el comportamiento, no solo por el calendario.

    Cómo saber si tu hijo está preparado

    Observa: ¿se siente seguro cuando está solo en una habitación? ¿Sabe cómo comunicarse contigo o llamar a los servicios de emergencia? ¿Puede mantener la calma si se va la luz o si alguien toca el timbre? ¿Sabe prepararse o calentar algo de comida?

    Es una buena señal si cumple los acuerdos incluso sin recordatorios. En cambio, la ansiedad, las llamadas frecuentes o el miedo a quedarse solo indican que todavía es mejor no apresurarse.

    Qué tener en cuenta según la edad

    Es importante considerar no tanto la edad en números, sino las habilidades que el niño ya ha desarrollado y su nivel de seguridad. A continuación, algunas orientaciones aproximadas según la etapa.

    7–9 años

    Aunque no existe una edad universal, para los más pequeños hay recomendaciones generales. Dejar solos a niños de 7–9 años aún es pronto. Sin embargo, ya se pueden enseñar reglas básicas de seguridad:

    • no abrir la puerta a desconocidos;
    • no acercarse a la cocina sin permiso de un adulto;
    • saber cómo actuar en una situación de emergencia;
    • saber a quién llamar en caso de necesidad.

    Se pueden probar períodos muy cortos — 5–7 minutos— si estás cerca, por ejemplo, al salir a recoger un paquete.

    10–12 años

    Es la edad para dar los primeros pasos. Empieza con 15–30 minutos y reglas claras: no abrir la puerta, no usar la cocina, llamarte ante cualquier inquietud. Es preferible que sea de día y que el niño se sienta seguro.

    13–14 años

    Un preadolescente ya puede quedarse en casa varias horas después del colegio si tiene experiencia previa y cumple las normas con seguridad.

    Lo principal es acordar límites: ¿puede invitar amigos?, ¿cuánto tiempo puede pasar en internet?, ¿qué actividades puede hacer? El apoyo y la confianza siguen siendo tan importantes como en edades más tempranas.

    Cómo preparar al niño

    Antes de dejar a tu hijo solo en casa, es importante no solo evaluar su preparación, sino también ayudarle a sentirse seguro. La preparación es un proceso que requiere tiempo, atención y repetición. Aquí tienes algunos pasos para empezar:

    1. Explícale por qué confías en él —por ejemplo, porque cumple los acuerdos, mantiene la calma cuando está solo en una habitación y sabe usar el teléfono. Esto refuerza su sensación de responsabilidad.
    2. Repasad juntos reglas sencillas: no abrir la puerta a nadie, no contestar llamadas de números desconocidos, no encender la cocina, no abrir ventanas o el balcón sin necesidad.
    3. Deja a la vista números de teléfono importantes, una lista de qué hacer “si pasa algo” y acuerden un momento para comunicarse.
    4. Practicad situaciones hipotéticas: “Estás en casa y alguien llama a la puerta”, “Empieza una tormenta fuerte y se va la luz”, “Te haces un corte, ¿qué haces?”.
    5. Y lo más importante: hazle saber que estás cerca, aunque sea a distancia.

    Si algo no sale como se esperaba

    No siempre todo sale según lo planeado. El niño puede asustarse, confundirse o llamarte en pánico. No es momento de reproches ni reacciones bruscas. Es mejor hablar con calma sobre lo ocurrido y sacar conclusiones juntos. A veces basta con esperar un poco e intentarlo de nuevo más adelante.

    Quedarse solo en casa es una habilidad que se desarrolla poco a poco. Y tu apoyo, serenidad y confianza son el mejor respaldo en este camino.

  • Cómo elogiar para que los niños crean en sí mismos

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    El elogio puede ser un salvavidas para un niño en un momento difícil. Puede darle confianza antes de un examen importante o ayudarle a creer en sí mismo cuando las cosas no van bien. Pero es importante no solo elogiar, sino hacerlo de una manera que se ajuste a la edad y necesidades del niño.

    Por qué importa el elogio

    Entre los 7 y 12 años, los niños están aprendiendo activamente a tomar decisiones, asumir responsabilidades y no temer a los errores. La retroalimentación de los adultos es especialmente importante durante este período porque moldea cómo los niños se ven a sí mismos.

    El elogio basado en acciones y esfuerzos reales ayuda a fortalecer la motivación y el vínculo entre padres e hijos. También enseña a los niños a creer que el crecimiento proviene de intentarlo, no de ser “naturalmente inteligente”.

    Las investigaciones muestran que los niños elogiados por su esfuerzo son más persistentes, prueban nuevos enfoques y manejan mejor los contratiempos.

    Cómo elogiar de manera efectiva

    Un buen elogio ayuda al niño a entender exactamente qué hizo bien y por qué funcionó. De esa manera, puede repetir el mismo éxito la próxima vez.

    Cómo elogiar:

    • Destaca el esfuerzo, no la capacidad innata En lugar de “Eres muy inteligente”, di “Te esforzaste mucho con este problema y lo resolviste”. Esto fomenta una mentalidad de crecimiento y reduce el miedo a los errores.
    • Sé específico No solo “Buen trabajo”, sino “Revisaste cada problema dos veces, y eso te ayudó a evitar errores”.
    • Evita los cumplidos exagerados Frases como “¡Eso fue genial!” o “¡Perfecto!” pueden causar ansiedad, especialmente en niños que ya dudan de sí mismos.
    • Reconoce la iniciativa y la curiosidad Elogiar las acciones independientes y la curiosidad fortalece el deseo de aprender del niño. Por ejemplo, “Decidiste probar un método nuevo por tu cuenta, eso está muy bien”.
    • Mantén el equilibrio La crítica puede ser útil, pero sin apoyo pierde su valor. Las investigaciones confirman que los niños reciben mejor la retroalimentación cuando también saben que sus fortalezas son reconocidas.

    Ejemplos de elogios que construyen confianza

    Aquí hay algunas frases que hacen que el elogio se sienta genuino y significativo. Se pueden adaptar a casi cualquier situación; lo importante es que surjan de una atención y cuidado reales:

    • “Realmente te esforzaste para resolver esto. Eso me gusta7”.
    • “No te rendiste cuando se puso difícil. Eso es importante”.
    • “Lo pensaste bien antes de tomar una decisión”.
    • “Revisaste todo con tanto cuidado, eso es una gran concentración”.
    • “Empezaste esto por tu cuenta. Me gusta tu iniciativa”.
    • “Explicaste muy claramente cómo lo hiciste⁶, eso es impresionante”.
    • “Seguiste intentándolo aunque no funcionó la primera vez. Estoy orgulloso de ti”.
    • “Le pusiste mucho esfuerzo a esta tarea, se nota y eso significa mucho”.

    Qué puede debilitar el elogio

    Algunas frases o reacciones comunes pueden hacer que el elogio sea menos efectivo, como comparar al niño con otros u ofrecer cumplidos automáticos y poco sinceros. También es mejor evitar usar el elogio como una forma de manipulación: de esa manera pierde su poder.

    El elogio no es solo una técnica. Es parte de una conversación real que le dice al niño: “Importo”, “Puedo hacer esto” y “Me ven y me valoran”. Estos momentos sientan las bases para la autoconfianza y las relaciones sólidas entre padres e hijos.

    Referencias: